Este cuadro de Zurbarán, "Defensa de Cádiz", ilustra perfectamente el objetivo y prioridad de nuestra asociación.
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martes, 7 de junio de 2011

Libia, mucho más que petróleo

Por Purificación González de la Blanca

Artículo publicado en La Voz de Cádiz, con fecha 07.06.2011


Lo que está sucediendo en Libia es la réplica, punto por punto, de la guerra de Iraq. Si aquella no era una guerra autorizada por la ONU, esta tampoco lo es, ya que la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad, impuesta a contrapelo e ignorando la posición de países de tanto peso como Alemania, Rusia, Brasil, China o India, se adoptó solo para abrir un pasillo aéreo con la finalidad de proteger a la población civil de unos supuestos bombardeos (de los que no existe una sola foto, ni una sola prueba). Las condiciones que establecía estaban cumplidas a finales de abril.

Esa Resolución no autorizaba a orquestar una oposición que no existía, ni a entrenar a los mercenarios rebeldes, ni a desplegar “asesores” por el territorio, ni a bombardear a una población que iban a proteger, ni a promover un golpe de estado, ni a arrasar el país, ni a asesinar a los tres nietos de Gadafi (de edades comprendidas entre 4 meses y 3 años de edad, junto con el padre de uno de estos pobres críos), ni tampoco a asesinar a Gadafi, como pretenden. Son los libios quienes deben decidir su futuro, no Obama, ni Cameron, ni Sarkozy, ni Zapatero...El Tribunal Penal Internacional continúa missing

¿Por qué han atacado a Libia? Me remito a “Claves para entender la Guerra en Libia: ¿Petróleo o Bancos Centrales?”, de Elen Brown, Presidenta del Public Banking Institute. Se refiere a una entrevista al General Wesley Clark –en Democracy Now- en la que éste explica que sobre diez días después del 11-S, otro general le dijo que iban a atacar Iraq. No sabía por qué. Más tarde le revelaría que el plan era atacar a 7 países: Iraq, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán. ¿Qué tienen estos 7 países en común? Que ninguno de ellos es miembro del Banco de Compensaciones Internacionales, es decir: están fuera del alcance del Banco Central y de los movimientos relacionados con el dólar, una moneda devaluada, que ha arrastrado en su caída a toda la economía mundial. ¿Pero quien decide los ataques? La Reserva Federal Norteamericana, un club privado, integrado por los verdaderos amos del planeta: Los Rothschild, Rockefeller, Morgan, Warburg, Moses Israel Seif, Lazard, Lehman Brothers, Godman Sach, etc. La RF es propietaria de la CIA, el Pentágono, el FMI…y maneja a la ONU y a la OTAN. Su objetivo es el asalto a los bancos centrales de esos países y hacerse con sus reservas de oro. Comenzaron por Iraq, ahora le sigue Libia y van a por el resto ya mencionado, sin desdeñar el petróleo u otros recursos.

Distintos analistas comentan que Iraq había empezado a aceptar euros, en lugar de dólares en pago por su petróleo, lo que desató las iras de EE.UU. Con matices, era lo que Libia estaba planteando a nivel del continente africano. En este contexto no pasa desapercibido que los mercenarios rebeldes, antes de empezar la contienda, legalizaran un Banco central en Libia. Y es que el objetivo de la Reserva Federal de EE.UU. en esta guerra, petróleo aparte, como ya hemos comentado, es hacerse con las importantes reservas de oro de Libia, estimadas en 144 toneladas de oro, para respaldar al dólar.

Libia era un polo de prosperidad, con la mayor renta per cápita de toda África y el mayor índice de desarrollo humano, según el PNUD de la ONU: niños escolarizados, esperanza de vida (75 años), reparto de las rentas del petróleo (reducidas últimamente por imposición del FMI), tratamientos médicos gratuitos, dote de 60.000 dinares (50.000 dólares) a las parejas que se casan, préstamos sin interés, pensiones, pleno empleo, etc. (¿A quien no le agradaría un régimen así?, se pregunta Elen Brown). En Libia hacían buenos negocios bastantes empresas españolas -como Repsol, Dragados o ACS-, que se han visto obligadas a marcharse. En un país de 4 millones de habitantes había 3 millones de extranjeros trabajando (1.500.000 egipcios, 800.000 tunecinos, etc,), que ahora huyen de los bombardeos de la OTAN, junto con los libios, y perecen en el mar tratando de llegar a Europa.

En unos meses, Libia ha pasado de ser un país próspero a un infierno: empresarios asesinados, hospitales y guarderías infantiles bombardeados, explosiones por doquier, actividad económica paralizada, etc. Pero lo último que quedaba por conocer ha sido la creación –con dinero de nuestros bolsillos- de los Escuadrones de la Muerte, unas patrullas a las que se refiere la noticia publicada en distintos medios de que “la Brigada 17 de febrero despierta inquietud”. En un foro de internet relataban una entrevista concedida a un canal de televisión por un mercenario rebelde, apresado y amnistiado en Misratah, en donde comentó algunas de las atrocidades que vienen cometiendo, sin temor a ser llevado ante los tribunales ya que cuenta con el apoyo occidental. Los rebeldes le pagaban hasta 10.000 LYD por cada persona asesinada, en función del rango. “Por las noches llegaba un coche y recogía las cabezas”. Contó que también les pagaban por violaciones a mujeres, deteniéndose en un caso concreto en que “cogieron a dos hermanas y, frente a sus familiares, las violó todo el grupo de rebeldes, y luego les cortaron los pechos hasta que perdieron el conocimiento”. Se animaban a hacer estas barbaridades todos porque así cobraban también todos. Contó que una vez mataron a 52 militares libios y se llevaron a 22 vivos hasta un matadero de animales, los degollaron y les cortaron las cabezas. Y también contó que no había visto ningún bombardeo (de Gadafi) sobre población civil.

Magnífica la labor de los Cruzados de Occidente (que tanto aplauden, por cierto, a Arabia Saudí o a los Emiratos Árabes, en donde todavía mantienen la esclavitud). Hay que felicitarlos porque, reproduciendo el itinerario que marcaron en Iraq, el terror, que es su modus operandi, va en aumento cada día que pasa.

¿Qué hicieron los libios para merecer esto? Solo manifestarse libre y modestamente. Los manifestantes libios que vi en televisión, en su momento, pedían vivienda y no llegaban ni a 300, pero nos contaron que pedían democracia y que eran miles. Nos dicen que por eso los bombardean. ¿No es eso lo que piden los cientos de miles de manifestantes que llenan las plazas de España durante las últimas semanas?

¿Vendrá también aquí la OTAN, con sus misiles de uranio enriquecido y sus bombas de racimo a traernos esa democracia que tan insistentemente demandamos? Quizás nos salve el que estemos inmersos en la crisis del dólar.

miércoles, 30 de marzo de 2011

¿Intervención humanitaria? Occidente oculta por qué apoya a los rebeldes libios

Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita es Profesor de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid Publicado en El Confidencial (30/03/2011) Doce días después de iniciada la campaña de bombardeos aéreos occidentales sobre Libia, la situación (militar) sobre el terreno ha cambiado de forma drástica: las fuerzas del dictador Muammar Gadafi se baten en retirada desde el este, acosadas por los militares disidentes y las milicias rebeldes, cuyo avance han contenido en Bin Yauad, población próxima a la estratégica Sirte, la patria natal del coronel. El objetivo de los insurgentes es, primero, asegurarse el control de Sirte, feudo la tribu de los Gadádifa y reserva moral del régimen y, desde ahí, dirigirse a Trípoli. De esta forma, si no lo evitan escisiones de calado en los círculos civiles y militares más cercanos al clan de los Gadafi o no median presiones firmes por parte de los líderes tribales de Tripolitania, se ha de librar la última batalla. Será cruenta sin duda, porque la aviación de la OTAN no podrá intervenir de forma decisiva a favor de los rebeldes. No al menos si desea reducir al máximo las bajas civiles. No hay duda de que el futuro inmediato de Sirte ha de definir de forma drástica el curso del conflicto: si, como afirman algunas fuentes locales, los prohombres y líderes tribales de la ciudad y sus alrededores han retirado su apoyo a los Gadafi y están dispuestos a negociar con los rebeldes, aquéllos pueden despedirse ya de su última baza, a saber, la resistencia numantina de las regiones occidentales de Libia. El gran interrogante es saber si los de la Cirenaica están dispuestos a obviar la afinidad secular mostrada por determinados sectores de los Gadádifa, los Warfalla y los Magáriha, tres de las tribus más relevantes en Tripolitania, con el régimen de la Yamahiriyya (“Estado de las masas”, el nombre oficial de Libia). La tarea no resulta sencilla, por supuesto, sobre todo en lo referente a los Gadádifa (los Warfalla pueden alegar al menos que en 1993 un grupo de oficiales miembros de la tribu dirigieron un fallido golpe de estado y que, al fin y al cabo, jeques relevantes de la comunidad se han adherido a la revuelta desde el inicio), pero si la necesidad apremia, unos y otros sabrán poner en relieve las injusticias y desprecios sufridos a manos de los esbirros del arbitrario sistema gadafista, el cual ha erosionado las relaciones tribales y clánicas en Libia con el objeto de crear una especie de equilibrio regional que ahora se ha vuelto contra él. También habrá que preguntarse si los habitantes de Tripolitania y Fezzán (la tercera gran región libia, en el sur) se pueden fiar de las proclamas unionistas de los de Cirenaica, quienes afirman por activa y por pasiva que la capitalidad de Trípoli es irrenunciable y que, en ningún caso, pretenden una república independiente en Bengazi. De las garantías y poder de convicción de todos ellos dependerá que la dictadura más longeva de África caiga en cuestión de días, semanas o meses. Las fuerzas de Gadafi se desintegran Así pues, los insurrectos aglutinados en torno al Consejo Transitorio de Bengazi han pasado en poco más de una semana de tener la soga al cuello a disponer de todas las ventajas a su favor. No ya sólo han expulsado a las brigadas de los Gadafi de toda la Cirenaica (región oriental) sino que continúan controlando la ciudad de Misrata (la tercera del país), entre Trípoli y Sirte, incluido el puerto, y se están haciendo fuertes en el llamado Monte Occidental (al-Yabal al-Garbi), a pesar de que la artillería libia ha bombardeado la zona con la saña y arbitrariedad acostumbradas desde que se iniciara la contraofensiva del régimen, hará poco menos de un mes. Estamos inmersos en el inevitable pandemonio de la propaganda, los rumores y las hipótesis convertidas en datos irrefutables, pero el vuelco de los acontecimientos, penosos para la banda gadafista, invita a pensar que sus cuerpos armados se están desintegrando y que las tensiones entre las unidades especiales comandadas por los hijos y familiares del ·Comandante Combatiente· y el resto de formaciones están convirtiéndose en norma, todo ello ante la mirada de miles de mercenarios que han comenzado a sospechar que nadie les va a pagar sus emolumentos. Por el contrario, los mandos miltares de Bengazi han logrado, mal que bien, imponer el orden en el seno de las milicias civiles y, lo que resulta más perjudicial para Gadafi y su grey, les están diciendo a los aviones y barcos estadounidenses y europeos qué deben bombardear. Por ello, no debe extrañarnos que las incursiones aéreas de éstos hayan destruido objetivos estratégicos en lugares donde no se han registrado hasta ahora enfrentamientos armados, caso de Sebha, centro neurálgico militar en el sur y punto de intersección de los aprovisionamientos de armas y mercenarios. O que los cazas occidentales hayan castigado el frente de combate oficialista en torno a las ciudades cercadas en la costa, sobre todo Misrata y Zintán, ambas en poder de los insurrectos. ¿Una intervención humanitaria? Lo anterior debe conducir a plantearse una vez más la sustancia y licitud de las resoluciones internacionales que desde 1991 han servido de doctrina para las intervenciones militares occidentales en el mundo árabe e islámico. El texto de la resolución 1973, del 17 de marzo de 2011, que ha dado cobertura a los bombardeos en Libia y garantiza la zona de exclusión aérea, explicita que el objeto de los mismos es ·proteger a la población civil·. El problema viene suscitado por el añadido de ·por todos los medios posibles·, lo cual deja a discreción del comando militar -y no de las propias Naciones Unidas- determinar si atacar un depósito de armas en Trípoli o un convoy militar entre dos puntos distantes en el sur entra dentro de esta categoría. En realidad, esta intervención, supuestamente humanitaria, se está llevando a cabo para apoyar la campaña militar de los insurrectos, lo cual, con independencia de lo que pensemos sobre cada una de las partes enfrentadas y quién ha originado este ciclo violento, no se corresponde con el espíritu de la resolución. En este sentido, el documento ·oculta· un objetivo principal -derrocar a los Gadafi por medios interpuestos, esto es, una ofensiva terrestre local y un apoyo aéreo extranjero-, objetivo que determinados portavoces civiles europeos y estadounidenses han expuesto con mayor nitidez. El principal problema, pues, radica a nuestro entender en que los países occidentales siguen utilizando los mecanismos de la legalidad internacional para justificar sus estrategias particulares. Lo peor, y lo que nos hace sospechar que la cristalización de un verdadero recambio basado en la ética, la transparencia y la sinceridad está muy lejos aún, es que los estados que se abstuvieron en aquella votación, en especial China y Rusia, hacen gala de un cinismo y una desvergüenza sin límites. Ya nos hemos acostumbrado a que Pekín y Moscú se muestren reticentes, cuando comienzan las deliberaciones en torno a sanciones contra quien sea, para luego terminar dando su brazo a torcer de mala gana. Cumplen quizás el cometido del ·policía bueno·, pero terminan irritando a todo el mundo: a unos porque a pesar de sus proclamas no hacen nada por encauzar la Organización de las Naciones Unidas hacia una senda más ecuánime y efectiva; a los otros, porque en reuniones a puerta cerrada permiten la inclusión de cláusulas como ·con todos los medios necesarios·, sabiendo a qué equivale todo eso, y luego, ante las cámaras, horas después de iniciados los ataques, se limitan a ·exigir· el fin de los bombardeos, como si carecieran de potestad e influencia para forzar una reunión, o la menos intentarlo, del Consejo de Seguridad. Se equivoca quien piense que la intervención, ya de la OTAN tras asumir el mando de las operaciones, va a resultar con estas premisas un espaldarazo para el proyecto de liberación y democracia en Libia. Al contrario, el proyecto en cuestión va a resultar rehén de toda esta operación y, dependiendo de cómo se desarrollen las operaciones militares, deberá dedicar parte de sus energías a justificar el porqué del apoyo prestado por los opositores. Por supuesto, comprendemos que millones de libios -y buena parte de la opinión pública árabe- hayan recibido los ataques aéreos contra las fuerzas oficialistas como una bendición caída del cielo -si nos hubiese tocado vivir en Bengazi el 16 de marzo habríamos hecho lo mismo, seguro- y sólo nos cabe esperar que, dentro de lo malo, la contienda se decida cuanto antes posible y con el menor coste de vidas. La estupidez criminal de Gadafi, confiado en la supuesta comprensión de sus nuevos amigos occidentales, ha hecho que muchos consideren la intervención armada externa un mal menor. Y todo ello porque los intereses oscuros de determinadas potencias regionales e internacionales, amigas, enemigas y neutrales -y aquí debe incluirse también la postura vergonzante de dirigentes como Hugo Chávez y su doble rasero ·revolucionario·- y ese tic convertido en hábito ya con el que Occidente procesa las revueltas árabes, estudiando la forma de reconducir la crisis a su favor en lugar de apoyar las reclamaciones populares de manera sincera y eficaz, han diferido demasiado una decisión firme sobre la agresión feroz de un régimen contra un pueblo que, en un inicio, se manifestaba de manera pacífica en demanda de libertad y derechos. Habría bastado, como muy tarde una semana después del estallido popular, un embargo aéreo y marítimo y una imposición de un alto el fuego innegociable. Y en el caso de no haberse cumplido éste, tras una inspección in situ de comisionados de la ONU, cosa más que probable conociendo la mentalidad de Gadafi, una intervención militar con comando multinacional y participación del mayor número posible de naciones para inutilizar las brigadas y cuerpos de elite y romper el bloqueo impuesto a las ciudades y pueblos díscolos, así como asegurar el suministro de comida y medicinas y promover la salida negociada de los Gadafi. Pero hablamos por hablar, pues hemos comprobado ya en tantas ocasiones la inoperancia de la llamada comunidad internacional como para mantener la esperanza en acciones globales, consensuadas y coherentes. Un plan de acción que permita pensar que el mundo no está regido por una única potencia que tiene que participar de forma activa en cualquier empresa colectiva -si Estados Unidos no interviene, malo, y cuando lo hace, peor, ¿en qué quedamos?-. Y que todos nosotros, venciendo nuestra apatía, estulticia y desinterés, seamos capaces de forzar una comunidad internacional que diga “no” y, además, ponga coto a las barbaries cometidas por regímenes violentos e inhumanos contra su pueblo, ya sea en Libia o, por poner el contraste más sangrante, en Palestina, a manos aquí de un sistema político racista y falsamente democrático.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El régimen libio no caerá sin una operación terrestre de los aliados

Por Carlos Sánchez

Publicado en El Confidencial (22/03/2011)

Gadafi en Libia es el Hermano Líder. Nadie osa llamarlo de otra manera. Ni siquiera los extranjeros. Y mucho menos las empresas multinacionales que han encontrado en Trípoli un suculento mercado. Nada nuevo bajo el sol.
Lo realmente singular es la construcción de un proyecto faraónico -y sin duda necesario- puesto en marcha por tan carismático líder en 1984, y que responde al nombre de Gran Río Artificial. La obra ha consistido en la creación de una red de tuberías destinada a llevar agua desde el corazón de los acuíferos del desierto (surgidos cuando el Sáhara era un territorio fértil) hasta el norte del país, donde se concentra el 95% de la población libia.
En total, casi 4.000 kilómetros de tuberías -una distancia incluso superior a la que separa Madrid y Moscú- de un diámetro de 4 metros. El Hermano líder ha destinado a ese gigantesco proyecto -Libia es uno de los países más secos del mundo- nada menos que 25.000 millones de dólares. Una cantidad verdaderamente colosal para un país de poco más de seis millones de habitantes. Es como si España destinara el 35% de su PIB (unos 350.000 millones de euros) a un solo proyecto.

Gadafi recela del capitalismo, pero lo cierto es que la obra la han ejecutado empresas coreanas, canadienses, estadounidenses o francesas, lo que refleja que una cosa es denunciar el ‘sionismo internacional’ y el ‘imperialismo americano’ y otra bien distinta es hacer política en un país en el que el 95% de las exportaciones, el 25% del PIB y el 80% de los ingresos públicos tiene que ver con el petróleo. Las autarquías siempre han necesitado un impulso tecnológico exterior. Y Libia no es una excepción.
Gadafi lo sabe, y por eso ha tejido una compleja red de contratistas que le han liberado de la presión ejercida por la comunidad internacional contra los países gamberros. El término está ya en desuso, pero no la realidad de Libia, lo que hace que la intervención militar tenga más sombras que luces.

Sellar las fronteras

La resolución de Naciones Unidas no autoriza la invasión terrestre, como se ha encargado de subrayar la ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, y nada indica que se pueda acabar con el régimen si las tropas de la coalición no pisan suelo libio. Ni siquiera sellando las fronteras con un embargo a todas luces injusto con la población civil, como sucedió en Iraq. Máxime cuando como reconoce la página 56 de este documento del Gobierno español, Libia continúa teniendo arsenales de armas químicas (aunque haya construido ya una fábrica para su futuro desmantelamiento) En este caso, las armas químicas no son un invento de la CIA.
Como ha recordado Félix Arteaga, investigador principal de Seguridad y Defensa del Instituto Elcano, las intervenciones las carga el diablo. Incluso las que tienen carácter preventivo, como supone la creación de una zona de exclusión aérea. Según datos del RUSI, un relevante think tank británico, la creación de una zona de exclusión aérea en Irak durante los 12 años que duró la operación costó 1,5 billones de libras y 34.000 salidas aéreas. Una cantidad sin duda inasumible en las actuales circunstancias económicas. Ese elevado coste, al margen de otras consideraciones políticas o estratégicas, explica el tímido papel de EEUU en la intervención. Aunque no es esa la única razón.
El hecho de que Obama no se haya calzado la gorra de comandante en jefe de la VI flota (todavía) lima la resistencia que hubiera tenido en los países árabes una acción armada protagonizada por EEUU, aún el gran Satán para buena parte de la población. Y no necesariamente la más influida por Al Qaeda. El problema es que países musulmanes como Turquía -miembro de la OTAN-, no participan en el combate, y eso sin lugar a dudas resta legitimidad a la intervención. Al contrario de lo que sucedió en Irak, en esta ocasión el debate político no tiene que ver con la legalidad de la operación, sino con la legitimidad, un concepto más gaseoso pero de indudable transcendencia en unos momentos en los que Obama y sus aliados -incluido Reino Unido- huyen como pollo sin cabeza, que diría John Benjamin Toshack, de cualquier comparación con lo que ocurrió en Irak.

Y legitimidad tiene, como asegura la profesora Araceli Mangas, el levantamiento de los libios de la Cirenaica contra Gadafi. Sostiene Mangas, catedrática de la Universidad de Salamanca, que no hay ilícito cuando un pueblo se levanta en armas “contra quien le niega sus derechos de participación en la vida política, económica, social y cultural y viola sus derechos humanos de forma constante, grave y masiva”. Así está reconocido, recuerda, en la Resolución 2625 (1970) de Naciones Unidas, en la doctrina cristiana, en el pensamiento de grandes autores como Francisco de Vitoria, Kant, Vattel y Locke, y en el preámbulo de la Constitución francesa.

Abstención de los emergentes

Argumento intelectuales de peso que desde luego no han convencido a los países emergentes. En particular los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), que se abstuvieron en la votación del Consejo de Seguridad. Su actitud puede interpretarse como una respuesta al ninguneo que sufren en la ONU por parte de las potencias occidentales, pero también con el poco apego a procesos democráticos en marcha.
La clave en Libia, por lo tanto, es cómo conseguir parar la agresión de Gadafi a las regiones del este del país -un territorio controlado históricamente por tribus beduinas- sin poner pie aliado en suelo libio. Algo sin duda complicado si al mismo tiempo se busca mantener la integridad física de un país con 1.770 kilómetros de litoral, lo que le hace tremendamente vulnerable a movimientos secesionistas.
Y en verdad que hay un riesgo real de que produzca un cisma con capital en Bengasi pese a que la resolución de Naciones Unidas respalda de forma expresa la integridad política del país. Hay quien piensa, sin embargo, que ese escenario es el más propicio para el terrorismo yihadista, pero desgraciadamente la diplomacia internacional se construye con luces de posición y no con luces largas. Y ese el verdadero problema de la acción militar contra Libia.
La coalición espera que la intervención militar acabe lo antes posible para dar paso a la acción diplomática. Lo malo es que es muy probable que al otro lado de la mesa de negociaciones vuelva a estar un tal Gadafi (padre o hijo).

lunes, 21 de marzo de 2011

¿Por qué lo llaman derechos humanos cuando quieren decir petróleo?

Por Carlos Fonseca

Publicado en El Confidencial (21/03/2011)

La coalición internacional, encabezada por Estados Unidos, Francia y Reino Unido, inició el pasado sábado los bombardeos contra objetivos militares en Libia para proteger a la población civil de los ataques de las tropas leales al régimen de Muamar el Gadafi. Un fin loable si fuera verdad, pero mucho me temo que tras las declaradas buenas intenciones se esconden intereses geopolíticos en la zona. Solo hace falta mirar las decenas de conflictos y de dictaduras que la comunidad internacional ha ignorado porque no eran rentables (los genocidios en Ruanda o en la República Democrática del Congo, por ejemplo) o consentido porque convenía a sus intereses (las de Oriente Medio son un buen ejemplo).

La protección de la población civil es una enorme mentira, porque hace ya tiempo que los ciudadanos no son solo víctimas colaterales de los conflictos armados, sino un objetivo prioritario. Desde que en la Segunda Guerra Mundial se bombardearon ciudades por primera vez, las víctimas civiles han ido en aumento en todas las guerras. No son solo muertos, son mujeres violadas, niños soldado, hambrunas, epidemias, y millones de desplazados y refugiados. Si a principios del siglo XX los civiles representaban el 5% de los muertos, a comienzos del siglo XXI son el 90%. Hemos pasado de los conflictos entre Estados a guerras civiles, en muchos casos con componentes étnicos-religiosos, en las que el “primer mundo” interviene o no a conveniencia.

Las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 causaron más de doscientos mil muertos (obviamente no solo militares) y sus efectos se han prolongado durante décadas como consecuencia de la radiación. El relator especial de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en el genocidio de Ruanda contabilizó al menos 250.000 de mujeres violadas. La guerra de la República Democrática del Congo contabilizó más de cinco millones de muertos entre 1998 y 2007, según datos del Comité Internacional de Rescate. Los Balcanes, Chechenia, los miles de desaparecidos de las dictaduras de Chile y Argentinas, son solo unos pocos ejemplos de la indiferencia cuando no está en riesgo el equilibrio de poder en la zona o conviene al interés de los poderosos.

Muamar el Gadafi, el sátrapa al que ahora todos condenan, recibió honores de Estado allí donde fue, firmó convenios de amistad con algunos países que hoy justifican el empleo de la fuerza contra él (Italia), y Estados como España le vendieron armas. ¿Acaso era entones un firme defensor de los derechos humanos? No, pero lo que ocurría de puertas para adentro era un problema interno.

El petróleo (el 80% de la producción Libia va a parar a Europa) y la estrategia geopolítica la convirtieron en una dictadura consentida porque era útil para los intereses de Occidente y Estados Unidos. Como lo fueron las de Egipto o Túnez, países en los que sí ha triunfado la revolución, o como lo son las de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Yemen, Bahréin, Argelia … donde el petróleo y el gas sirven para que el primer mundo mire hacia otro lado, justificando con ello la ausencia de libertades de sus ciudadanos.

Ni la primera ni la segunda Guerra del Golfo tuvieron como objetivo al defensa de las libertades. En la primera, la invasión de Kuwait (1990) por Sadam Husein (Iraq era entonces la cuarta potencia militar del mundo) tuvo al oro negro como trasfondo, y en la segunda, su inclusión en el “eje del mal” con Corea del Norte e Irán y las inexistentes armas de destrucción masiva sirvieron para derrocar el régimen de Bagdad, que de ser aliado en la zona se había convertido en un peligro.

Es muy probable que la coalición internacional derroque a Gadafi, una vez que la revolución del pueblo se ha demostrado incapaz de hacerlo por sí mismo. ¿Hacia dónde miraría la comunidad internacional después de tantas críticas, tantas cumbres y tanta palabrería de apoyo a los rebeldes si permitiera la continuidad del dictador? Tal vez si no existiese un riesgo real para Occidente (Gadafi ha declarado el Mediterráneo zona de guerra), la ONU se hubiese limitado a reclamar al dictador que respetase la voluntad de su pueblo.

Cuando esto acabe, ¿será Gadafi juzgado por delitos contra la humanidad, o las potencias europeas alcanzaran con él un acuerdo para un exilio dorado a cambio de una transición política pacífica? ¿Qué parte de la intervención internacional ha sido en defensa de los derechos humanos y las libertades, y qué parte ha estado movida por meros intereses económicos?

Si a la ONU y a la Unión Europea le interesan de verdad los derechos humanos, al margen de cualquier otra consideración estratégica, debería empezar a exigirlos en Oriente Medio, o hacer cumplir sus resoluciones a Israel en el conflicto que la enfrenta con los palestinos, o a no mirar para otro lado en las guerra que desangran el África subsahariana, países expoliados por el colonialismo y donde ya no hay en juego intereses que justifiquen la intervención del “mundo libre”.

Hasta el próximo lunes.

viernes, 18 de marzo de 2011

La ONU da luz verde para atacar Libia

Publicado en El País (18/03/2011)

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha aprobado a las once de la noche (hora española) una resolución que permite el uso de la fuerza para imponer una zona de exclusión aérea sobre Libia y para proveer asistencia y protección a la población civil de ese país. El texto aceptado por la mayoría del máximo órgano ejecutivo de la ONU sirve de base para un ataque militar sobre el territorio controlado por Muamar Gadafi y sobre las fuerzas que le apoyan y sus medios de defensa, lo que podría ocurrir de forma inminente. En Bengasi, la ciudad cercada por las tropas de Gadafi y a la espera de ser salvada por la comunidad internacional, se ha celebrado la votación con vítores de centenares de libios que se han reunido frente a la sede del Consejo Nacional de Transición libio.
La resolución, que "autoriza a los estados miembros a tomar todas las medidas necesarias" para impedir el vuelo de los aviones de Gadafi y asistir a los civiles, ha sido respaldado por 10 votos a favor y cinco abstenciones, las de dos países con derecho de veto, Rusia y China, más las de Alemania, India y Brasil. Alemania ha optado por esa opción porque ve "considerables daños y riesgos" en una acción militar en contra de Gadafi, por lo que su ministro de Exteriores ha afirmado en un comunicado que las tropas alemanas "no tomarán parte en una operación militar en Libia.
Un portavoz del Pentágono manifestaba este jueves que Estados Unidos dispone ya de recursos militares en el Mediterráneo como para actuar de inmediato, lo que aún podría permitir retrasar o abortar el intento de las tropas de Gadafi de apoderarse de la ciudad de Bengasi, bastión de los rebeldes desde el comienzo de este alzamiento. También Francia parece preparar acciones rápidas. El ministro de Asuntos Exteriores francés, Alain Juppé, que ha participado personalmente en los debates del Consejo de Seguridad en Nueva York, ha declarado en la reunión que sería necesario responder "en cuestión de días o de horas porque la situación en Bengasi no admite demora".
Incluso si esta resolución llegase demasiado tarde como para impedir la caída de Bengasi, la segunda mayor ciudad de Libia, puede servir aún para debilitar enormemente la maquinaria militar del régimen libio y permitir a los rebeldes libios recuperar recursos y territorio.
Libia ha tardado poco más de una hora en reaccionar. El viceministro de Asuntos Exteriores Khaled Kaaim ha asegurado que la decisión adoptada por la ONU es una amenaza para la seguridad del país y constituye una llamada para que los "libios se maten entre ellos". En el lado contrario, el jefe militar de los rebeldes libios, Abdelfatah Yunes -que era ministro de Interior del régimen libio y dimitió para sumarse a la rebelión-, ha expresado su agradecimiento a la comunidad internacional mientras ha pedido que la exclusión aérea se aplique sólo a las zonas bajo control de las fuerzas de Muamar el Gadafi.
Pasar a la acción
Así como una anterior resolución del Consejo, que remitía la brutalidad del Gobierno libio al juicio del Tribunal Internacional de La Haya e imponía un embargo de armas y un bloqueo de fondos en el exterior, suponía el completo aislamiento de Gadafi, la de esta noche permite pasar a la acción y ayudar a la oposición de forma concreta y drástica.
Al recibir luz verde de la ONU para hacer cumplir la zona de exclusión aérea y proteger a los civiles mediante el uso de la fuerza, si es necesario, la comunidad internacional tiene la oportunidad de intervenir en Libia contundentemente, con los medios militares que se crean convenientes para cumplir esa misión.
Es, por tanto, una gran victoria de la oposición y una enorme derrota de Gadafi. Pero no es su derrota definitiva. Esta resolución será papel mojado si los países autorizados para llevarla a efecto no demuestran el coraje que se requiere para hacerlo de forma continuada. Una vez aprobado el texto es preciso saber, por tanto, quiénes van a apretar el gatillo y con qué energía. ¿Será el ataque contra Libia una mera operación cosmética para salvar las conciencias de Occidente o una verdadera operación militar para derrocar a Gadafi?
Estados Unidos, que ya cuenta con barcos militares en la zona y es el país líder de la OTAN, se resiste esta vez a asumir el papel de principal o único protagonista. Aterrorizado por el riesgo de verse envuelto en otra guerra en un país árabe, el Gobierno norteamericano ha dejado claro en los últimos días que considera que esta misión debería ser cumplida, principalmente, por los países vecinos, es decir por los europeos y los árabes, que son también los que más intereses inmediatos tienen en Libia.
Francia, el Reino Unido (el primer ministro británico, David Cameron, ha convocado una reunión de su Gabinete para este viernes), Egipto, Emiratos Árabes o Qatar, entre otros, debían ser, por tanto, los países que cargasen con la principal responsabilidad militar que se desprende de la resolución discutida esta noche. Tanto la OTAN como la Liga Árabe han dado su respaldo a la imposición de una zona de exclusión aérea, por lo que se entiende que todos sus miembros están autorizados a utilizar la fuerza para hacerla cumplir.
Al mismo tiempo, la experiencia de similares misiones en el pasado y la presión doméstica sobre Barack Obama para que asuma el liderazgo contra Gadafi pueden obligar a que, pese a resistirse, Estados Unidos acabe teniendo en un eventual ataque sobre Libia un papel mayor que el que parece desear.
Un funcionario del Departamento de Defensa ha adelantado este jueves que se han elaborado planes militares que incluyen acciones "más agresivas que la mera demostración de fuerza". Aunque no añadió detalles, esas acciones podrían abarcan desde el disparo de misiles de crucero desde barcos hasta el bombardeo de aviones sobre los sistemas de defensa antiaérea y las concentraciones de tropas libias. Gadafi posee modernos equipos de misiles tierra-aire de fabricación rusa que serían objetivo prioritario de un ataque extranjero. Asimismo, entre los potenciales blancos de una intervención se encuentran las unidades de tanques y la artillería que han castigado a las fuerzas rebeldes en los días anteriores.
Algunos ataques pueden realizarse desde las naves de Estados Unidos y de la OTAN en el Mediterráneo. Para otros se requerirá el uso de las bases de esa organización en el sur de Europa. Expertos militares norteamericanos han especulado en el pasado con el gran valor estratégico que en esta coyuntura podrían tener las bases norteamericanas en España. Italia ha anunciado tras la decisión de la ONU que está dispuesta a ceder el uso de sus bases militares para apoyar las acciones derivadas de establecer una zona de exclusión aérea sobre Libia, según ha informado una fuente del Gobierno italiano a Reuters. La base de Sigonella, ubicada en la isla de Sicilia, es una de las más próximas a Libia, por lo que podría ser de gran utilidad. Actualmente forma parte de la logística de las operaciones realizadas por la Sexta Flota de Estados Unidos.
Otras zonas de exclusión aérea establecidas anteriormente en Irak o en los Balcanes no sirvieron finalmente, sin embargo, al propósito de contener a los gobiernos agresores y acabaron siendo una simple antesala de una intervención militar terrestre. En un país de gran extensión territorial y frente a un ejército como el de Gadafi, bien armado y entrenado, la posibilidad de una invasión extranjera se antoja una pesadilla que pocos países querrán vivir.
Los patrocinadores de esta resolución del Consejo de Seguridad confían, por tanto, en que no sean necesarios esos pasos extremos, en que esta sola demostración de la determinación de la comunidad internacional sirva para liquidar a Gadafi.

Gadafi, a punto de poner en ridículo a la ONU y Europa

Por Antonio Casado

Publicado en El Confidencial

Que la tragedia de Japón no nos haga olvidar la de Libia, donde también planea una catástrofe humanitaria. Amén. Estamos a pocas horas de que a la comunidad internacional se le caiga la cara de vergüenza. Y eso puede ocurrir si los quince países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU siguen discutiendo sobre galgos y podencos mientras las tropas fieles a Muamar el Gadafi aplastan en desigual batalla a un pueblo con hambre atrasada de libertad.
El hijo preferido del sátrapa, Saif al Islam, ya anunció ayer al mundo que en cuarenta y ocho horas la maquinaria militar de la familia entrará en Bengasi, último bastión de los rebeldes. Y también último obstáculo para restablecer el statu quo de los últimos cuarenta años, basado en el silencio cómplice del civilizado vecino europeo a cambio de petróleo y generosas inversiones.
Desde el sábado pasado está sobre la mesa del Consejo de Seguridad el llamamiento de la Liga Árabe para que asuma sus responsabilidades como gendarme universal de la paz y la seguridad. Pero los cinco días que han pasado desde entonces nos permiten temer que las llamadas Naciones Unidas han vuelto a ser el lavatorio de manos ante un caso flagrante de crímenes contra la Humanidad.
Solo Francia ha estado a la altura de las circunstancias en esa Europa ensimismada con las neuronas de vacaciones
Esta es la impresión que anoche (hora española) nos dejaban los debates del Consejo sobre la conveniencia o la inconveniencia de prohibir los vuelos sobre Libia (es decir, los cazas de Gadafi) con el fin de proteger a la población civil (es decir, para darle cobertura a los insurgentes). Ojalá me equivoque. Aunque ya con lamentable retraso, la mejor noticia sería la aprobación de esa zona de exclusión aérea, con autorización para aplicar la medida de inmediato. O la expresa autorización “a los miembros de la Liga Árabe y otros Estados a tomar las medidas necesarias para proteger a los civiles y objetivos civiles en Libia”.
Todas esas propuestas aparecen en el borrador apadrinado por Francia y Gran Bretaña con aspiraciones de convertirse en la resolución del Consejo que daría luz verde a una intervención militar en Libia. Pero los diferentes puntos de vista entre los cinco miembros permanentes, con derecho a veto, han impedido hasta ahora la votación. Entre la firmeza de Francia y las reticencias de Rusia, ambas bastante explícitas, los demás son un manojo de dudas que, con unos u otros pretextos (el más socorrido es la incierta implicación de los países árabes), encubren la poca fe en los llamados insurgentes y, en definitiva, la falta de voluntad política para acabar con Gadafi.
Es como si hubieran hecho mella sus amenazas de que, si él cae, a la otra orilla del Mediterráneo llegarán inmigrantes y terroristas en vez de petróleo. Solo Francia ha estado a la altura de las circunstancias en esa Europa ensimismada con las neuronas de vacaciones. Tal vez despierte con la batalla de Bengasi que se avecina. Sería demasiado tarde si en las próximas horas el Consejo no ejerce el deber de injerencia, por razones humanitarias, para retirar de la circulación a un delincuente internacional.

martes, 1 de marzo de 2011

La revolución popular libia: causas y efectos

Por Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita. Departamento de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid.

Publicado en El Confidencial (26/02/2011)

El término revolución aplicado a los levantamientos populares que se están reproduciendo en el mundo árabe alcanza en Libia su máxima expresión. Al contrario que en Túnez y Egipto, donde las manifestaciones de la población consiguieron derrocar a sus presidentes, las marchas y acciones de protesta de los libios van camino, así lo deseamos, de barrer no sólo al máximo líder de la república, sino todo su sistema. Esto explica que la lucha de los libios esté resultando tan sangrienta y enconada: en Túnez y Egipto ha sido una parte del régimen, que deseaba controlar el poder por otros medios, la que ha sacrificado al líder para salvaguardar su esencia. Para ello han contado con el apoyo de las potencias occidentales, deseosas de minimizar al máximo los daños derivados de la salida de aliados fieles como Zein Ben Ali o Husni Mubarak.

De ahí que, semanas después de expulsados ambos, las gentes de ambos países sigan manifestándose reclamando la salida de todos los remanentes del viejo régimen y la realización de sus proclamas principales: gobierno con caras y mentalidades completamente nuevas; destitución de los altos cargos que siguen representando el viejo sistema; depuración de los servicios de seguridad; textos constitucionales y leyes que aseguren los objetivos primeros de los movimientos populares, sobre todo los de los jóvenes. Y todo porque aquellas revueltas han deparado hasta ahora la marcha de presidentes odiados por su autoritarismo y corrupción, pero poco más. Es cierto que hay un clima de libertad y optimismo inédito en Túnez y Egipto y que la gente siente ahora más que nunca que tiene la posibilidad de incidir de forma decisiva en los acontecimientos. Pero basta reparar en los nombres de los ministros egipcios y tunecinos, el organigrama de los responsables civiles y militares y las medidas adoptadas -que, como mucho, cabe calificar de tímidas-, para percatarse de que la lucha de tunecinos y egipcios, lejos de acabar, apenas si ha comenzado.

En Libia la situación es muy distinta. Aún no sabemos qué tipo de gobierno va a haber ni si las regiones occidentales y orientales (Tripolitania y Cirenaica) van a constituirse en una especie de asociación federal o permanecerán bajo el esquema nacional anterior. Desconocemos también hasta qué punto los intentos oligofrénicos de la familia Gadafi de partir el país en reinos de taifas tribales tendrán algún efecto. Todo ello depende de la rapidez con la que los revolucionarios sean capaces de agruparse y, con la ayuda de las fuerzas del Ejército leales a la población, se embarquen en la marcha decisiva hacia Trípoli, cuyos habitantes tratan de mantenerse en las calles a pesar de las matanzas cometidas por los mercenarios y brigadas especiales fieles al clan Gadafi. Más aun, poniéndonos en el peor de los supuestos, esto es, que los Gadafi aguanten más de la cuenta en su plaza fuerte de Trípoli, la situación política en el país va a experimentar un giro radical, en un sentido plenamente revolucionario. Es una paradoja que un movimiento digno de tal nombre vaya a cambiar, y por la fuerza de la sublevación, todo un régimen que se ha tenido siempre por revolucionario. Más por demagogia y ánimo de propaganda de su líder que por la fuerza de los hechos, por supuesto.

"Hasta el último hombre"

Lo que explica la violencia de la represión y el empecinamiento de la elite gobernante en defenderse ·hasta el último hombre, hasta la última mujer· -como afirmaba el hijo de Gadafi en su primer mensaje-, así como la perseverancia y temeridad de unos manifestantes que salían a la calle a pecho descubierto para encarar a uno de los servicios de seguridad más inclementes de toda África -y ya es decir- es la convicción de unos y otros de que no hay punto medio posible. A la población de Libia, de fracasar, le esperan años de horror y vendettas; al máximo líder y su cuadrilla, la muerte o un exilio improbable en un lugar remoto -nadie, sospechamos, va a atreverse a recibirlo-. Y todo ello se debe, entre otras cosas, a que desde 1969 Muammar Gadafi ha hecho todo lo posible por evitar la aparición de nada que pudiera ser catalogado como ·estado·: ni organismos, ni poderes ni aparato burocrático siquiera, ni una estructura que pudiera servir como intermediario entre los dirigentes y la sociedad, nada. En su lugar, fomentó las llamadas comisiones populares, piedra angular de su programa de acción política (el denominado Libro verde) y el ·poder del pueblo·.

La idea, expresada de forma hosca y superficial en el panfleto citado, pretendía solucionar el problema de la representación y participación del pueblo en las instituciones. A través de un sistema piramidal, desde la base a la cúpula, las decisiones de la gente iban llegando a los congresos populares y de aquí a las instancias superiores, que se encargaban de llevar a cabo la ·voluntad popular·. El proyecto, desde luego, de haberse hecho realidad, habría satisfecho a los promotores de la democracia participativa y quienes critican a la democracia occidental actual por la desvinculación de la mayoría y su marginalización respecto de la toma de decisiones. Pero el problema con Gadafi es que sus discursos, proclamas y teorías han perseguido siempre y únicamente justificar o disimular según los casos su ansia de controlar hasta el más mínimo detalle todo cuanto ocurría en el país. Y camuflar su repugnancia a cualquier tipo de instancia o institución que obstaculizase su propio mecanismo de toma de decisiones. Por ello, las teorías sobre el poder popular se terminaron convirtiendo en un chiste de mal gusto; y el líder, en una entidad que suplantaba al estado, auxiliado por una oligarquía formada preferiblemente por sus hijos y allegados y protegido por un portentoso servicio de seguridad y represión, con mercenarios incluidos, basado en las alianzas familiares y tribales y financiado por los ingresos petrolíferos.

Así, la caída de Gadafi y su entorno sólo puede significar el fin de un régimen que no esconde nada más que la figura siniestra de aquél. Nada parecido a un estado ha de quedar arrasado porque, con toda simpleza, no existía nada que pudiera definirse como tal. Por ello, para enmascarar el personalismo de aquél y dar a entender a la población que la naturaleza del país impedía la construcción de un estado moderno como tal, la retórica del régimen fomentó la idea de que Libia era ante todo un conjunto de tribus y clanes no siempre bien avenidos. Esta imagen no dejaba de ser una invención de este mismo régimen que dijo venir a combatir el tribalismo tras acabar con la monarquía de los Senusi y que luego, sin embargo, se dedicó a fomentarlo hasta su máxima expresión. De muchas maneras: la más nociva, sumiendo en el atraso y el subdesarrollo áreas geográficas habitadas por tribus de poca o ninguna filiación hacia los Gadafi, como la propia Bengazi y alrededores, la segunda ciudad del país, o las zonas de mayoría beréber-amazigh en el oeste. Por fortuna, hasta el momento, el levantamiento popular está evitando la baza tribalista, soslayando las previsiones catastrofistas de los Gadafi de que el país, sin ellos, se convertirá en una trágica farsa tribal.

La respuesta de Occidente

La ausencia de un régimen, de un partido político único, de una cultura de poder o de una elite de burócratas al menos, explica, también, la lentitud con la que estadounidenses y europeos están procesando la crisis libia. Durante los alzamientos populares de Túnez y sobre todo Egipto, unos y otros difirieron su decisión final sobre las demandas populares hasta hallar un interlocutor válido en los regímenes. Los contactos insistentes de Washington con representantes de la cúpula militar egipcia y los regateos sobre los compromisos que éstos debían aportar, contribuyeron a sumir el país en un clima de tensión expectante. En Libia, los intentos de la Unión Europea y Estados Unidos por ·controlar la situación· apenas encuentran eco: al no existir instituciones oficiales verdaderamente efectivas, los únicos interlocutores son los Gadafi y sus colaboradores.

Ni siquiera el ejército, marginado por el régimen, puede asumir este papel. En el seno de la población, la proliferación de comisiones revolucionarias y autogestionadas en las zonas liberadas y la lógica lentitud, en un ambiente semibélico, de las deliberaciones entre los representantes populares, los generales contrarios a Gadafi, los opositores en el exilio y los líderes tribales no permiten contar con un portavoz de quien podamos decir que representa a todos o gran parte de la población. Desde luego, las presiones occidentales ya han dado su fruto y aun de forma confusa y no se sabe en qué medida indistinta los ·revolucionarios· han asegurado el flujo de petróleo en las regiones liberadas.

Se está hablando mucho, por fortuna, en algunos sectores de la opinión pública europea y estadounidense sobre la hipocresía y cinismo de Occidente frente a los regímenes despóticos árabes, muchos de ellos financiados, apoyados y justificados desde aquí. No somos muy optimistas, sin embargo, en cuanto a que los sucesos actuales vayan a convencer a nuestros dirigentes, sectores económicos y opinión pública en general de que lo ético, lo moral e incluso lo beneficioso desde el punto de vista material y empresarial -ya que sólo les interesan los argumentos mercantiles y de rendimiento neto- es apoyar los movimientos de liberación árabes. No hemos visto tendencias islamistas ni regresivas ni abiertamente hostiles a occidente, aun cuando los pueblos árabes tienen fundadas razones para considerar que occidente ha sido uno de los causantes de sus tiranías seculares. No obstante, la cantinela oficial sigue hablando del peligro del islamismo radical, las oleadas de emigrantes incontroladas y la incertidumbre de unos recursos energéticos dejados en manos de la ·turba·.

La conclusión, aunque nuestros dirigentes no se atreven a decirla claramente, es que no nos podemos permitir tales ·revoluciones·; como mucho, cambios controlados que no afecten ni la política exterior de estos países ni las facilidades concedidas a nuestros intereses comerciales. La prioridad, por supuesto, es la estabilidad de, se entiende, nuestras inversiones, empresas y productos importados a bajo coste. Conclusión terrible que pone al descubierto todas nuestras carencias éticas y morales, también nuestra decadencia como proyecto de civilización. Pero, a la par, revela la necesidad de que occidente viva también una revolución de posturas y valores que imponga la idea de que lo rentable es, cuanto menos, no entorpecer ni interferir en la lucha de las gentes árabes en pos de sociedades verdaderamente democráticas; el afán de forjar estados que velen por sus intereses colectivos y traten siempre de asegurar su bienestar. Los suicidas y los radicales son los déspotas árabes que, como Gadafi, han arrasado sus sociedades para amasar fortunas legendarias y acuñar leyendas negras de muerte y destrucción.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Nos queda Obama

Por Carles Navales

Publicado en La Factoría (23/02/2011)

Sólo Cuba y Nicaragua dan soporte al dictador. Estados Unidos lo ha condenado y llamado por su nombre. La Unión europea se remite a lo que diga Naciones Unidas, que continúa deliberando: la Europa política no se atreve, y la Europa social no se mueve. En resumen, aún nos queda Obama para atajar la guerra civil que Gadafi acaba de declarar desde Trípoli.

Desde hace semanas, y por primera vez en la historia contemporánea, asistimos a un levantamiento de la juventud árabe que no va dirigido ni contra Occidente, ni contra Israel. Por primera vez, la ausencia del mundo bipolar está permitiendo que exploten los anhelos de libertad de quienes fueron parte geoestratégica quienes se repartían el planeta. Por primera vez el sentido común tiene sentido. Y, por primera vez, son Estados Unidos quienes pujan más fuerte que Europa en favor de las libertades y del respeto a la voluntad popular. Sí, por primera vez los demócratas progresistas del mundo nos decimos a nosotros mismos: “Esta vez, nos queda Estados Unidos”.

Ya lo hemos analizado en otras ocasiones: Europa gira a la derecha. Y, lo que es peor todavía, Europa gira hacia el pasado. Está saliendo, sin romperse, de una crisis económica que ha estado a punto de hacerla saltar por los aires, pero no es menos cierto que ya nada es como quisimos que fuera.

Quizá los españoles acusamos más el reflujo; para nosotros Europa era la libertad cuando estábamos chupando dictadura; era la novia deseada de los luchadores por la democracia. No fue casualidad que el referéndum para la Constitución europea obtuviera en España un sí mayúsculo, que no se vio correspondido por Francia y Holanda: dijeron no. Y ahí se acabó la historia de lo que pudo haber sido y no fue. Ese día, Europa optó por deconstruirse.
Jean-Pierre Chevènement, que fue ministro socialista de Francia y creó, después, su propia formación política, acaba de referirse al tema. Su último libro (La France est-elle fini?. Fayard, 2011) se está convirtiendo en punto obligado de referencia sobre el hoy de nuestra Europa.
Va más allá de ese cáncer que es el profundo sentimiento de Estado-nación, que está haciendo metásasis en la médula de los países más ricos de la Unión. Chevènement apunta otros puntos de notable interés para el diagnóstico:

El neoliberalismo ha gobernado de tal manera la globalización que ésta ha conseguido hacer saltar por los aires la redistribución social según se derivaba, hasta ahora, del reparto del valor añadido entre el salario y el beneficio. O, dicho de otra manera, la desregulación neoliberal ha destrozado los fundamentos ideológicos que sostenían la financiación del Estado de bienestar.

Alemania, ¿es aún Europa?, se pregunta nuestro ilustre republicano. La inspectora Merkel (y canciller, a la vez) no ha dudado en bloquear el gobierno europeo de la economía; su reciente visita de inspección fiscal a España ilustra lo dicho.

Y subliminalmente, en el fondo, el titán Mitterrand, que quiso evitar fuera el marco quien decidiera la política monetaria francesa, y pensó en el euro como la solución, sin pasarle por la cabeza que la moneda europea podía acabar siendo un marco-bis. Sí, François Mitterrand estuvo siempre marcado por el trauma de ver a Francia dividida en dos en sólo cuatro semanas, cuando Hitler quiso tomarla el 1940. Siempre le obsesionó conseguir tener a sus vecinos como aliados, algo que, con Helmut Khol, consiguió. El parecer de Merkel es otro.

Para acabar, lanza una idea fuerza: la proclamación de la República Europea de los Pueblos (REP). Los partidos progresistas deberían tomar nota, es especial el Partido Socialista Europeo, al que debemos exigirle sea un referente activo para que de la deconstrucción volvamos a la construcción de una Unión europea más necesaria que nunca.

Pensemos y actuemos.

PS.- La masacre libia acentúa el acierto de la transición española a la democracia, hoy, 23 de febrero de 2011, treinta aniversario del golpe de estado que intentó abortarla.