Este cuadro de Zurbarán, "Defensa de Cádiz", ilustra perfectamente el objetivo y prioridad de nuestra asociación.
Mostrando entradas con la etiqueta movimiento 15. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta movimiento 15. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de mayo de 2011

Democracia ya, hagamos real lo posible

Por Melchor Miralles

Publicado en El Confidencial (19/05/2011)

Una oleada con epicentro en las redes sociales ha generado importantes concentraciones en varias ciudades de toda España alentando la protesta contra la clase política. Más de 600 plataformas, asociaciones, blogs, colectivos... y centenares de ciudadanos a título particular han puesto en marcha un movimiento, al margen de los partidos políticos, con el nexo común de denunciar el estado de las cosas y su inconformismo ante lo que consideran una situación límite. El asunto merece la atención y bien harían los partidos políticos, y los medios de comunicación y los periodistas en prestar atención a este movimiento 2.0, del que sabemos más o menos cómo ha empezado pero no hasta dónde y cómo va a llegar.

En "Democracia Real Ya" hay más de 600 grupos heterogéneos y ciudadanos no integrados en ninguna organización. Se autodefinen como indignados por el panorama político, económico y social, por la corrupción de políticos, empresarios y banqueros y por la indefensión de los ciudadanos ante los diferentes poderes. Se mezclan grupos como Anonymous con Intermon, la Plataforma de Apoyo a Baltasar Garzón con la Asociación por la Verdad del 11-S, la Asociación de Afectados por las Hipotecas con clubes culturales, asociaciones de aficionados a los deportes de alta montaña con la Asociación de Víctimas de Irregularidades Sanitarias, simpatizantes de #nolesvotes con otros de Juventud Sin Futuro… Cada grupo se diseña y se paga sus carteles y pancartas, aseguran no estar financiados ni dirigidos por nadie, niegan haber sido movilizados por el PSOE para incentivar el voto al PSOE, garantizan no ser antisistema violentos y prometen que han vetado los partidos en sus concentraciones.

Hay mucha gente seriamente cabreada

Se equivocan los grandes partidos que pretenden capitalizar estas protestas y obtener votos a su costa, como hicieron PSOE e IU. Les hacen daño los violentos que se suman a la hora undécima para organizar incidentes y enfrentamientos con la Policía. No miden bien los dirigentes del PP que desprecian a quienes han salido a la calle. En España hay mucha gente cabreada, seriamente cabreada con el stablishment, con los políticos, banqueros, grandes empresarios, grupos de comunicación… con quienes dirigen los destinos de tantos. El personal, además de indignado, está insatisfecho con el funcionamiento de las instituciones.

Que nadie piense que se trata de un grupo de jovenzuelos aburridos con ganas de liarla parda. Hay mucha gente de entre 30 y 55 años sumada a estos movimientos. Hay que situar las cosas en el punto en el que se encuentran, escuchar a los que protestan, entender por qué han salido a la calle. Y quienes lo han hecho, bien harían, en mi opinión, en procurar que la jornada de reflexión del sábado fuera pacífica, serena, sensata y que las aguas no se salgan de su cauce. Como bien harían en no desaparecer del mapa tras las elecciones del 22 y seguir con sus protestas, porque entonces sería legítimo pensar que se trataba de un movimiento con intereses concretos en relación a la cita electoral municipal y autonómica.


Miro con simpatía inicial este movimiento. No lo niego. Lo digo abiertamente. Coincido en que es imprescindible acometer un proceso de reforma a fondo, de regeneración democrática verdadera, y soy de los que lleva diciéndolo en público muchos años. Creo que es imprescindible rellenar de contenido los derechos de participación de los ciudadanos, reformar la Ley Electoral, introducir las listas abiertas, obligar a los partidos a cumplir el mandato constitucional de funcionar democráticamente, articular un sistema que obligue a los representantes a rendir cuentas a los representados y no a quienes elaboran las listas en sus partidos, revivir la separación de los poderes del Estado, reformar los sistemas de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Constitucional, modificar la regulación del Ministerio Fiscal y el modo de designar al Fiscal General del Estado, reformular unas Autonomías que hacen aguas y que suponen un lastre insoportable para nuestra economía, revisar la Administración municipal y en su caso recortarla, hacer real una igualdad de todos los ciudadanos ante la ley que es una quimera hoy en día… y tantas cosas más que harán probablemente imprescindible reformar nuestra Constitución.

La regeneración se ha de hacer desde dentro

Estamos ante un asunto muy serio que no se puede despachar frívolamente. Tengo claro, una vez expresada mi simpatía inicial ante este movimiento ciudadano, que para lo que debe servir es para espolear y encauzar un sentimiento generalizado obligando a los partidos políticos a reaccionar y proceder a acometer este proceso de reformas. Esta regeneración se ha de hacer desde dentro, no es deseable ni planteable en serio un Estado asambleario. Hay que crear un clima de opinión pública que fuerce, que obligue a los partidos a tomárselo en serio.

Otras cosas de lo que estamos viviendo en la calle me disgustan. Por ejemplo, esas minorías violentas que flaco favor le hacen a la causa de la regeneración democrática. O aquellos que exigen democracia real y no quieren libertad de información, y acosan, insultan y se conducen violentamente contra periodistas de la agencia Efe, Telemadrid, Intereconomía o la Cope. Sin libertad de prensa no hay democracia, amigos. Tampoco comparto algunas iniciativas que reclaman mayor gasto público y más impuestos para salir de la crisis, es decir, lo contrario de lo que dicen reclamar: no es más Estado y menos sociedad lo que necesitamos, sino más sociedad civil, más acceso a la participación política y menos intervencionismo. En definitiva, más libertad.

No me molestan las utopías. Pero creo que es importante ser realista e insistir en la reclamación y la exigencia de hacer real lo posible. No le pongamos apellidos a la democracia. La historia demuestra que no es bueno. Empleemos todos nuestros esfuerzos en modificar las cosas, porque es posible. Otra política es posible. Y para ello los políticos actuales tendrán que decirnos sin son capaces de hacerla. Si no lo son, si no asumen la realidad de lo que desean la calle, si no son capaces de entender lo que está pasando, entonces sí que corremos el riesgo de que la espiral se desboque por un camino no deseado. No es en la marginalidad, en los extremismos, en la agitación por la agitación o en la demagogia donde vamos a encontrar las soluciones. Pero si desde dentro del sistema de sufragio universal, democrático, representativo, no somos capaces de articular las reformas que son evidentemente imprescindibles, entonces nuestro futuro es oscuro. Es posible hacerlo. Solo hace falta quererlo. Nada más. Y nada menos.

Hartos de la clase política, como una mayoría de españoles

Por Antonio Casado

Publicado en El Confidencial (19/05/2011)

Con desalojo o sin desalojo de la Puerta del Sol madrileña y otras plazas españolas, la mecha ya está encendida. Y mejor que la orden de la Juntas Electorales Provinciales respecto a las concentraciones convocadas para la tarde-noche de ayer no dé lugar a males mayores. De entrada, el lenguaje de la orden recibida en las Delegaciones del Gobierno -me fijo en la de Madrid- no es precisamente el de los indignados. Les habrá sonado a provocación leguleya frente a la democracia real que ellos pregonan.

A saber: pedir el “voto responsable” en la calle “puede afectar a la campaña electoral y a la libertad del derecho de los ciudadanos al ejercicio del voto”. Ese es el lenguaje de la Junta, que de paso explica a los desertores del sistema los pasos a seguir para solicitar el permiso con diez días de antelación. Es como pedirle a 80.000 personas reunidas en el estadio Bernabéu que bajen la voz cuando vayan a celebrar un gol del Real Madrid para no molestar a los vecinos.

Pero, atención, es gente de orden. Y la protesta, de momento caótica y muy poco articulada es, a mi juicio, justa, lógica y razonable, amén de pacífica y desconectada de los partidos políticos dominantes. De nihilismo, nada. Aunque en esta campaña paralela, espontánea, sin líderes, sin guión previo, el grito del cambio suene distinto a como suena en los mítines de Rajoy (es evidente que Zapatero y Rubalcaba no piden cambio), denunciar la corrupción, la ineficacia y el narcisismo de la clase política, no exige ser un adicto a la gasolina. Hasta Francisco Camps lo firmaría. Y no digamos Rodríguez Ibarra (PSOE) o Cayo Lara (IU), que ayer se subían sin ningún disimulo a la ola del llamado 15-M. Tampoco hace falta ser un peligroso activista forjado en los movimientos antisistema para invocar el derecho constitucional a manifestarse en la calle, pedir la reforma de la Ley Electoral, denunciar la censura o reclamar vivienda y trabajo de los poderes públicos.

Cambio como fin y protesta callejera como medio. Es la campaña de los excluidos del Estado del Bienestar y la Sociedad de Consumo con algo de tiempo para pensar. Jóvenes en su mayoría, que sufren un 45 % de paro y no se fían de los dos grandes partidos. Creen con razón que no es justo un sistema que genera semejantes desequilibrios. Y hacen responsable a una clase política codiciosa de poder e incapaz de reconducir la situación. Imposible que este movimiento de rebeldía acepte las reglas del juego de una campaña electoral protagonizada por esa clase política. Eso es lo que deben asumir tanto las Juntas Electorales como el Ministerio del Interior, de donde salían anoche llamamientos a la calma mientras las delegaciones del Gobierno negociaban con los concentrados en los distintos puntos de España donde se está escenificando un antiguo malestar perfectamente identificado.

Un estado de ánimo de persistente reflejo en los altos índices de abstención electoral, en la valoración de la clase política como la tercera gran preocupación de los españoles, en los bajísimos índices de alineamiento ideológico y afiliación política entre los jóvenes ¿A quién le puede extrañar lemas dominantes como “No los votes” o “No nos representan”?

miércoles, 18 de mayo de 2011

Lo quieren todo y lo quieren ahora

Por Carlos FonsecaPublicado en El Confidencial (18/05/2011)

Jóvenes y no tan jóvenes, estudiantes y parados, se han echado estos días a la calle para protestar por la falta de futuro que los políticos han decidido para ellos. Ya no se resignan. Se han cansado de mensajes vacios que hablan de una recuperación económica que nunca llega ni se traduce en la creación de empleo. Están hartos de la ostentación indecente de salarios, bonus y pensiones millonarias de banqueros y empresarios que reclaman sin pudor sacrificios y austeridad a quienes menos tienen. No están dispuestos a asumir sin más la condición de “generación perdida” que les asignan los gurús económicos que viven de predecir el futuro ajeno. Están indignados, cabreados, cansados de que les tomen el pelo, y lo mejor de todo es que han dejado a un lado la resignación para salir a la calle a pregonarlo.

En octubre del año pasado volcaba en esta columna (Seamos realistas, pidamos lo imposible) mi decepción por la indiferencia con que los trabajadores, en general, y jóvenes, en particular, asumían cifras de paro nunca conocidas y un futuro sombrío, y envidiaba las protestas en Francia contra el retraso de la edad de jubilación de los 60 a los 62 años. ¡Que arda Madrid!, escribía con el deseo de que el ejemplo francés prendiera en nuestro país. Y ha ocurrido.

Las manifestaciones que arrancaron el pasado domingo y han sacado a miles de personas a la calle son un bofetón a una manera de hacer política que ha dado la espalda a los ciudadanos. La campaña electoral en la que estamos inmersos, precedida de una precampaña eterna, es un ejemplo de la política cortoplacista de los dos partidos mayoritarios, embarcados en una carrera de promesas que no van a poder cumplir.

Muchos jóvenes han llegado al convencimiento de que la política ha quedado reducida a una lucha de poder entre PSOE-PP, instalados cómodamente en el bipartidismo del hoy me toca a mí y mañana te toca a ti. Se han desencantado de una clase política que ignora la corrupción propia y denuncia la ajena sin ningún rubor, y que se ha ido alejando de las preocupaciones de la calle para instalarse en la macroeconomía del FMI, el Banco Central Europeo, las agencias de calificación, la Bolsa, el PIB y otros indicadores que a la gente corriente no le resuelven los problemas. Ellos solos han alimentado la desafección ciudadana de la política.

El PP dice que las movilizaciones, que Esperanza Aguirre califica de antisistema, no van con él, que son un ajuste de cuentas de la izquierda desencantada con Zapatero que, además, le beneficia en su estrategia del cuanto peor, mejor. El PSOE asiste temeroso a una “revolución” juvenil que interpreta le restará votos y ha dejado sin efecto el manido ¡que viene la derecha! como último recurso para movilizar a un electorado decepcionado. E IU se frota las manos ante lo que considera un potencial caladero de votos que nunca ha sabido atraer. Se equivocan, porque este movimiento ni obedece ni se identifica con siglas, y aunque los efectos de su protesta perjudiquen a unos más que a otros, las reivindicaciones les conciernen a todos los partidos sin excepción.

Los partidos suelen ignorar la realidad que les incomoda y dejan que este tipo de movilizaciones espontáneas se diluyan en reivindicaciones utópicas, la ausencia de líderes y la inexistencia de una estrategia que vaya más allá de mañana. Por eso es el momento de apoyar este movimiento de la sociedad civil. Los manifestantes no aspiran al poder, sino a cambiar la forma de hacer política en beneficio de una “democracia real” en la que los ciudadanos no seamos “marionetas en manos de políticos y banqueros”. Creen que otro mundo es posible. Son realistas y piden lo imposible; lo quieren todo, y lo quieren ahora. A mí me parece de justicia.