Este cuadro de Zurbarán, "Defensa de Cádiz", ilustra perfectamente el objetivo y prioridad de nuestra asociación.
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martes, 23 de noviembre de 2010

El Rey que se ganó la corona

Por Miguel Ángel Aguilar

Publicado en El País (23/11/2010)

Se cumplieron ayer 35 años de la proclamación de don Juan Carlos como Rey por aquellas Cortes orgánicas, las que había. Sus palabras de entonces encendieron la concordia. Los españoles entendieron el mensaje. Para desesperación de ciertos hispanistas en lugar de comportarse como apasionados mediterráneos y apuntarse a la exasperación unamuniana, prefirieron adoptar la actitud de fríos ribereños del Báltico. Decidieron emprender el camino de la racionalidad y del diálogo. El dictador había muerto en la Clínica de la Paz de la Seguridad Social en la madrugada del 20-N, una vez desenchufado por su yerno, el marqués de Villaverde, al frente de la última versión del equipo médico habitual. Había resultado imposible sostenerle con vida unos días más, los que faltaban para que hubiera sido prorrogado por aquel Consejo del Reino como presidente de las Cortes, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, en quien tantas esperanzas tenían depositadas los que anidaban en el búnker.

En las tribunas de invitados aquel sábado 22 brillaba, casi en solitario, el general Pinochet con uniforme de gala. Las representaciones extranjeras quisieron evitar su presencia porque se hubieran visto obligadas a mezclarse con las exequias del dictador. El ambiente era desolado y el falangista de estricta obediencia Rodríguez Valcárcel lo enrareció aún más cuando al final de la sesión gritó de modo estentóreo y fuera de programa "desde la emoción en el recuerdo a Franco, ¡viva el Rey!". Don Juan Carlos, que se estrenaba como capitán general, y doña Sofía se encaminaron desde el hemiciclo a la capilla ardiente, dispuesta en el salón de columnas de Palacio, donde se encontraba desde el mediodía del jueves 20 el cadáver de Franco. Al día siguiente, domingo, fue enterrado el que se proclamaba Caudillo en su tumba faraónica del Valle de los Caídos, con misa de campaña previa en la Plaza de Oriente, armón de artillería y demás pompas fúnebres y honores de ordenanza.

Todo estaba en el aire. Solo era firme el propósito de don Juan Carlos de ser el Rey de todos los españoles, de renunciar a los poderes excepcionales que recibía y preparar el advenimiento de la democracia. Su reinado empezaba con renuncias. Una de las primeras, la del derecho de presentación de obispos que figuraba en el Concordato con la Santa Sede suscrito por el régimen. Los militares se sentían depositarios de la continuidad. Franco había dicho en 1961 en el cerro de Garabitas ante una concentración de excombatientes, ansiosos de garantías de perennidad del régimen, aquello de "todo quedará atado y bien atado, bajo la guardia fiel de nuestro Ejército". Era precisa una transferencia de lealtades, la oficialidad había sido formada en la adhesión a Franco pero debía en adelante sentirse parte de las Fuerzas Armadas, obedeciendo al Rey como su jefe supremo.

El cambio era una operación dificilísima. No hubo tregua alguna, ETA arreciaba en sus atentados, dispuesta a provocar el pronunciamiento de los golpistas. Los de la extrema derecha, tampoco daban cuartel. Los hoy tan queridos Polisarios la emprendían contra los nuestros en Fosdbucrá o en el banco pesquero canario-saharaui. Cundía la impaciencia y los intentos churriguerescos de Fraga y Arias Navarro por retorcer las improrrogables Leyes Fundamentales para darles apariencias democráticas se averiguaban imposibles. Se apostó por el aventurado camino de ir de la ley a la ley, pasando por la ley. Por primera vez, como jefe del Estado, don Juan Carlos viajaba a París o a Washington y todos empezábamos a sentirnos orgullosos de vernos aceptados por la familia democrática. Se legalizaron los partidos y los sindicatos, se promulgó la amnistía en todas direcciones. Tuvimos las primeras elecciones generales libres en 1977, que resultaron ser constituyentes. Hubo graves sobresaltos, entre ellos el de la intentona del 23 de febrero de 1981. El Rey fue decisivo para que los del golpe fracasaran y aquella noche se ganó la Corona.

España se adhirió a la Unión Europea, permaneció en la OTAN y redujo mediante una negociación ejemplar la presencia militar norteamericana en su suelo. Nuestro país lanzaba iniciativas y era tenido en cuenta. Sacábamos lo mejor de nosotros mismos y éramos un ejemplo envidiado para otras transiciones en marcha. Los momentos de euforia fueron seguidos de otros de desencanto pero prevalecía la idea de que juntos seríamos capaces de superar las nuevas dificultades. Ahora se diría que hemos dejado que prenda el antagonismo en detrimento propio. En todo caso, en el 35º aniversario de ayer el Rey merece nuestra gratitud. Dicho queda para los que han llegado después y piensan que todo nos fue dado por añadidura.

El camino hacia la autodestrucción de la eurozona

De Paul De Grauwe es catedrático de Economía de la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica. © Eurointelligence Traducción de News Clips.

Publicado en El País (22/11/2010)

En la reciente reunión del Consejo Europeo, los países de la eurozona acordaron introducir un mecanismo contra el impago de la deuda soberana. Parece que incluso están dispuestos a recogerlo en un nuevo tratado. Es una mala decisión que hará más frágil a la eurozona, al convertir las crisis financieras en una característica endémica, de manera muy similar al Mecanismo del Tipo de Cambio (MTC) que existía en la Unión Europea antes de la moneda única.

El MTC fue un frágil acuerdo institucional que desembocó en frecuentes crisis. La razón de esta debilidad es conocida. Los países miembros fijaban sus tipos de cambio entre ellos. Sin embargo, podían reconsiderarlo en cualquier momento y devaluar sus monedas.
Esa posibilidad generó un entorno inestable propenso a los ataques especulativos. A veces existían buenas razones para que los mercados confiaran en que uno o más países iban a devaluar sus monedas, como por ejemplo que sueldos y precios no estuvieran en consonancia con los del resto del grupo. En otras ocasiones, las expectativas de devaluación desaparecían del horizonte.
Pero por la razón que fuera, cada vez que los especuladores esperaban una devaluación se ponía en funcionamiento una dinámica que se retroalimentaba. El banco central del país en cuestión tenía que aumentar el tipo de interés nacional. Eso resultaba costoso para la economía nacional y para el presupuesto del Gobierno. En consecuencia, la relación coste-beneficio de mantener fijo el tipo de cambio se agrandaba, alimentando la tentación de devaluar.
Cuando los especuladores olían esto, redoblaban su actividad, y eso inducía nuevos incrementos del tipo de interés y a un empeoramiento adicional de esa relación coste-beneficio. En la mayoría de los casos, eso hacía la devaluación inevitable.
El MTC fracasó. Pero el mecanismo contra el impago de la deuda soberana propuesto para la eurozona introduce una estructura de incentivos para los especuladores y las autoridades nacionales similar. Cuando los países anuncien solemnemente (será solemne porque estará consagrado en el tratado en cuestión) que los inversores se las tendrán que ver con unos Gobiernos con opción de aplicar un recorte sobre los bonos pendientes de pago, sucederán dos cosas: en primer lugar, como el riesgo percibido aumentará, es probable que el tipo de interés de los bonos también suba. Esta es la consecuencia que ha subrayado el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, en la reunión del Consejo. Los acontecimientos posteriores le han dado la razón.
En segundo lugar: cuando los Gobiernos declaren solemnemente que en época de dificultades de pago devaluarán sus bonos (eso es lo que significa un recorte), se generará una dinámica especulativa en la eurozona parecida a la que destruyó el MTC. Cuando los inversores prevean las dificultades de un Gobierno determinado para pagar, venderán bonos, y eso aumentará su tipo de interés. Esto ya ha pasado en el último año y medio, pero el compromiso de los demás países de proporcionar ayuda financiera ha frenado el proceso.
El objetivo declarado de este mecanismo es sustituir a la ayuda financiera mutua. Pero de esta forma se abre la puerta a una especulación sin límites como la del MTC.
Cuando la opción de devaluar se convierte en palanca política y sustituye a la ayuda financiera mutua, la dinámica especulativa se vuelve imparable al introducirse exactamente la misma estructura de incentivos que con el MTC: los bonos sufren un tipo de interés más elevado, lo que convierte en más difícil la devolución de la deuda. Eso cambia la relación coste-beneficio de abonar el pago completo de la deuda y aumenta la tentación de devaluar los bonos (aplicando un recorte). Los inversores, al oler esa tentación, intensifican las ventas y, por consiguiente, la relación coste-beneficio aumenta aún más.
Naturalmente el mecanismo contra el impago de la deuda soberana que se ha propuesto no instalará en la eurozona un sistema como el MTC. Es probable que el coste del impago (al devaluar la deuda) siga siendo más elevado que el coste de devaluar una moneda en el MTC. No obstante, al facilitar este paso, la eurozona se encamina hacia un inestable mecanismo de incentivos.
Los Gobiernos se verán más tentados a devaluar su deuda cuando entre en vigor el mecanismo. Y eso puede ser suficiente para que los especuladores muevan ficha. Si se lleva a la práctica, llevará a los Gobiernos a rebajar su propia deuda soberana. No existe una forma más segura de autodestruirse.
La unión monetaria solo puede sobrevivir si existe la voluntad de proporcionar ayuda financiera mutua en tiempos de crisis. Por tanto, la solución no consiste en aplicar el mecanismo contra el impago de la deuda soberana, que conducirá a la desaparición de la eurozona, sino en dar un carácter permanente al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, o mejor aún, transformarlo en un Fondo Monetario Europeo como el que proponen Gros y Mayer, incluyendo una condicionalidad lo suficientemente fuerte como para reducir el peligro del riesgo moral.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Qu viene el lobo, por Rafael Salas

Publicado en El País (18/112010)

Hay una teoría que el PSOE viene explicando en Andalucía desde hace 30 años. Tesis: el lobo es la derecha. Antítesis: los corderitos son los andaluces, a los que el Partido Popular les va a despojar de todos sus derechos sociales. Síntesis: voten a los socialistas, los valedores y garantes del Estado del bienestar. Los buenos y los malos; unos quitan y otros dan.

Vuelven los socialistas andaluces a las andadas, a la dialéctica elemental, casi animal, de apelar al miedo como elemento fundamental de la estrategia electoral. Vuelven los asustaviejas. A falta de un discurso de principios -en el campo de las ideas lo de "la sostenibilidad en igualdad" es de aurora boreal-, a falta de venta de una gestión o de plantear propuestas válidas para salir de la crisis, el argumento vuelve a lo sentimental, a lo prístino. Por eso desde las últimas semanas ha vuelto a prodigar en los discursos del PSOE aquello tan manido, y tan viejo, de que si la derecha malvada gobierna la eliminación de las pensiones, la supresión de los subsidios de desempleo o la regresión autonómica están aseguradas. Me produce cierta desolación que los planteamientos de mis adversarios discurran por estos derroteros tan maniqueos y falsos, como si la política fuera una prédica simplista dirigida a una manada de descerebrados. Aunque también debo reconocer que a la par me produce un enorme alivio. Si esto es lo que tiene que ofrecer el PSOE a los andaluces, la victoria electoral de mi partido está asegurada. Particularmente, por la facilidad para rebatirlos.

En primer lugar, porque no hace falta tener una memoria de elefante para recordar cómo en 1996 todos aquellos malos augurios previos al primer Gobierno popular de la democracia fueron derrotados por la gestión económica y social exitosa posterior: creación de empleo, acuerdos con los sindicatos, leyes que aseguraron el poder adquisitivo de los pensionistas, planes para la igualdad de la mujer y un largo listado de logros que conforman un indudable balance positivo, latente hoy en la memoria de muchísimos andaluces.

En segundo lugar, porque la pésima gestión del Gobierno andaluz nos ha devuelto a los indicadores socioeconómicos de la preautonomía. Quien está poniendo verdaderamente en riesgo el Estado de bienestar es el Gobierno que nos ha situado en más de un millón de parados y gestiona solo para mantener su estructura de poder. Por no hablar del "Gobierno amigo" de Zapatero: ha congelado las pensiones, ha rebajado el sueldo de los funcionarios, ha subido los impuestos y nos ha colocado en unas cifras de deuda pública que rozan la locura. Para recortes sociales brutales, los citados.

Y el colmo de la desfachatez. Nos acusan ahora de querer privatizar los servicios públicos, como si fuera un crimen de lesa humanidad, al que, en cualquier caso, descaradamente ya se ha apuntado el PSOE. El Gobierno andaluz tiene en manos del sector privado prácticamente la totalidad de los servicios sociales: los centros de día, la ayuda a domicilio, las residencias de mayores, los centros de mujeres maltratadas. Por ejemplo, solo en educación infantil y primaria, las unidades concertadas alcanzarán en 2011 la cifra de 6.357. Claro que ellos no privatizan, ellos "externalizan los servicios".

En tercer lugar, ese tipo de crítica proyecta una carencia absoluta de ideas. Es que el socialismo en Andalucía ya no da para más. La California española, la Andalucía imparable, la nueva Finlandia del sur, la segunda modernización... Ahora, la Andalucía sostenible; eslóganes vacíos convertidos en decepciones históricas. Fíjense en el resultado de sus últimos proyectos estrella: la política de I+D+i ha retrocedido y el parón en las energías renovables es hoy una desgraciada evidencia.

Si el ofrecimiento de estas nuevas casandras se basa en retomar el discurso del miedo y con la brocha gorda estigmatizar al PP es que no pueden ofrecer ya nada a la sociedad andaluza, salvo un puñado de antiguas leyendas negras.

Del liderazgo político mejor no hablar. Por más que pretendan hacer de Javier Arenas un ángel exterminador, quien huele a rancio es Griñán y a naftalina, su partido. Y no digamos, por antidemócrata, su secretaria de Organización, que ha afirmado que "bajo ningún concepto" el Partido Popular ganará en Andalucía, como si fuéramos una maldición, como si el PSOE fuera el dueño de la historia.

No. No viene el lobo. Viene el cambio y con él llegará la confianza. Y que los socialistas acaben con el cuento que no convence a nadie. A renovarse y a regenerarse. ¡Que ya va siendo hora!

Rafael Salas es senador del Partido Popular.