( Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz el 27 de Junio de 2012)
EL primer acto de la iniciativa Reconversión ha sido enviar una carta a Rajoy instándole a emprender la reforma de un sistema político y social que o no ha funcionado o ha sido superado por la crisis. La carta no tiene desperdicio, aunque ustedes, que tienen el detalle de leerme, podrían pasarse sin ella. Dice cosas que aquí hemos repetido mucho: la necesidad de reestructurar el Estado, de meter en cintura a los partidos políticos, de reformar la educación, de favorecer un cambio moral, etc. No quiero decir que yo haya sido precursor de nada, sino sólo que Reconversión recoge un clamor a gritos de la gente común.
Aunque no les haga falta, recomiendo que la lean. Está en www.reconversion.es y explica muy bien todo lo esencial. Además, predica con el ejemplo. Enumero, rápidamente, sus ejemplos en un decálogo:
1) No tienen problema en usar en su logo los colores de la bandera española, ¡y sin hablar de fútbol! 2) Los abajofirmantes pertenecen a casi todas las sensibilidades políticas, menos a las refractarias, naturalmente. 3) Algunos firmantes pertenecen a partidos políticos, pero han sido capaces de salirse de la foto fija que impone el aparato. 4) Y eso que la iniciativa detecta claramente que los grandes interesados en no cambiar nada son los partidos, ¡como tontos, siendo los que sacan tajada de esto! 5) Hay víctimas del terrorismo, las grandes depositarias de la autoridad moral de los años de democracia. 5) La carta alaba las reformas ya realizadas para sugerir que, sin una en profundidad del Estado, serán para nada. 6) Sin adoptar un tono profético, son capaces de sintetizar en unas pocas líneas los graves males que aquejan a nuestra nación. 7) Su optimismo radica en dos fundamentos muy serios: saben que tienen a la mayoría silenciosa de su parte, y 8) no ignoran que, a diferencias de otras dimensiones de la crisis más técnicas, la solución de ésta depende de un acto firme de voluntad política, nada más…, y nada menos. 9) Son tan democráticos como para pedir unos acuerdos como los de la transición, pero además proponen que, si ésos devinieran imposibles -como se temen-, se recurra a un plebiscito. 10) Por último, se ha dicho mucho que en España la sociedad civil no tiene vitalidad, pero esta iniciativa nace de la sociedad civil y a ella apela con viveza.
Que la crisis nos tiene todo el día quejándonos de todo, se quejan los que se quejan de todo; pero aquí hay unos que cogen el toro por los cuernos. Aunque sólo sea por lo reconfortante que resulta ver a un puñado de españoles de todas las ideas, edades, ámbitos y regiones de acuerdo, merece la pena atenderles.
Este cuadro de Zurbarán, "Defensa de Cádiz", ilustra perfectamente el objetivo y prioridad de nuestra asociación.
jueves, 28 de junio de 2012
miércoles, 27 de junio de 2012
Por un renovado pacto constitucional para la reconversión del Estado
http://www.reconversion.es/
Carta abierta al Presidente del Gobierno
Madrid, 25 de junio de 2012,
Señor Presidente:
La extrema gravedad de la situación económica, moral, social e institucional de España en el momento presente nos mueve a dirigirnos públicamente a Vd., como Presidente del Gobierno. Al hacerlo, partimos del reconocimiento de su voluntad de emprender sucesivas reformas para enfrentarse a los muy diversos problemas de nuestro país. Pese a ello, nos es obligado constatar la imperiosa y urgente necesidad de que el Gobierno plantee a las fuerzas políticas con representación parlamentaria, y muy especialmente al principal partido de la oposición, un programa integral, coherente y sistemático de reformas, cuyo debate y negociación ofrezca como resultado un gran acuerdo nacional para lograr la “reconversión del Estado”, puesto que en la presente crisis se han hecho enteramente patentes los defectos y carencias de nuestra actual organización política, social y económica, que no derivan sólo de una gestión ineficiente, sino de clamorosos fallos de estructura.
Esta “reconversión” no trataría sin más de corregir y perfeccionar el actual sistema, sino de redefinirlo y reorientarlo a la vista del resultado de su desarrollo, una vez transcurridas tres décadas y media desde su puesta en marcha, y ante las nuevas circunstancias surgidas a lo largo de ese período, en particular, nuestra pertenencia a la Unión Europea y a la Unión Monetaria Europea, con los consiguientes acuerdos y tratados sobre la estabilidad fiscal y presupuestaria plasmados en el recientemente reformado artículo 135 de nuestra Constitución.
Creemos que para ser útil a los intereses nacionales este nuevo pacto de Estado debería restaurar el espíritu del “consenso constitucional” imperante durante la Transición, abordando de modo completo las cuestiones básicas pendientes de solución. Por tanto, ese gran acuerdo ha de referirse a las reformas de la estructura económica de nuestro país y del sistema educativo en todos sus niveles para restablecer la competitividad de la sociedad española en el contexto global, al funcionamiento y composición de los órganos constitucionales (Senado, Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Constitucional), a la organización, competencias y financiación de los poderes públicos en sus tres niveles territoriales (Estado, Comunidades Autónomas, Corporaciones Locales), a la extensión y financiación de los servicios públicos, a los instrumentos de participación y representación política de los ciudadanos (partidos políticos, sistema electoral y control parlamentario) y a la posición de España en las instituciones comunitarias en relación al debate sobre el futuro de la unión política, fiscal y financiera, superando así en definitiva lo que ya se reconoce por una amplia mayoría de ciudadanos como el agotamiento de nuestro modelo constitucional.
Es evidente que sin lograr un acuerdo de esa profundidad y amplitud los avances que suponen las reformas en curso serán limitados y, desde luego, no resolverán los muy graves problemas que tiene hoy España, problemas que se agudizarán en el inmediato futuro por la ofensiva “soberanista” que ya se plantea en el País Vasco y en Cataluña y que pondrá a prueba la supervivencia del Estado constitucional.
Sin embargo, el mero planteamiento de un pacto político de esta naturaleza, por necesario que sea, no basta para conseguir sus objetivos. Es desgraciadamente posible que, a la vista de las divergencias entre las fuerzas políticas con representación parlamentaria, y sobre todo de las posiciones que separan hoy a los dos grandes partidos, no se llegue a ningún acuerdo. De ser así, ni el Gobierno ni el Partido Popular debieran quedarse cruzados de brazos. Además de continuar las reformas necesarias en el ámbito de las competencias del Gobierno de la Nación, existe otra vía para superar esa parálisis: la apelación directa al pueblo español durante esta legislatura mediante la celebración de un referéndum consultivo.
Esta consulta debería versar sobre una trascendental decisión: la reordenación y la racionalización de nuestro sistema político y autonómico y de nuestra estructura institucional para fortalecer la unidad nacional y conseguir la eficiencia y la viabilidad del Estado.
Sr. Presidente, estamos seguros de que su patriotismo y su alto sentido de la responsabilidad le harán considerar las ideas que le hemos expuesto. Confiamos, por tanto, en que ello le anime a adoptar las iniciativas políticas correspondientes para garantizar la unidad, estabilidad y prosperidad de España en esta hora difícil de su Historia.
Reciba, Sr. Presidente, el testimonio de nuestro aprecio y nuestros mejores deseos de éxito en su comprometida misión.
martes, 26 de junio de 2012
EL HUEVO DE LA SERPIENTE
(José Aguilar en el Diario de Cádiz el 25 de Junio de 2012)
QUÉ es lo que hace que tengan tanto éxito los Hermanos Musulmanes en Egipto, los fundamentalistas violentos de Hamas en Palestina o los neonazis griegos? Creo que tres cosas básicas: la miseria de muchos -estructural o sobrevenida-, la corrupción de la política y de las instituciones y el valor del ejemplo.
El radicalismo fanático suele penetrar a través del estómago y de la cabeza. Mucho voto de los Hermanos Musulmanes egipcios ha salido de los estómagos agradecidos de populosos barrios marginales de los que el Estado, en sus diversas formulaciones, no se ha acordado durante décadas, cuando no siglos. Los imanes reparten aceite, arroz y mantequilla, atención sanitaria y enseñanza gratuita a millones de personas no ya desatendidas, sino olvidadas.
Los mismos votos, u otros diferentes, salen también de cerebros convenientemente cultivados por una prédica constante y muy eficaz cuyos agentes suelen ser, precisamente, los mismos que ayudan a la gente a subsistir. A la vez son honrados y austeros. Se trata de una prédica antisistema, forzosamente atractiva en sitios en los que el sistema no proporciona nada. Sitios en los que bastan ideas simples para comprender y explicar problemas complejos. Y si el cliente no queda satisfecho se le agrega la promesa de una vida mejor tras la muerte, incluso paradisíaca si esta muerte llega mediante el sacrificio propio que sirve para liquidar herejes.
El mismo mecanismo, aunque a otro nivel, ha funcionado parcialmente en Grecia a favor de Aurora Dorada, el inefable partido neonazi que engatusa a los pobres colocando a los inmigrantes como asequible chivo expiatorio y formando patrullas ciudadanas para proteger a los ancianos y desvalidos que tienen miedo a salir a una calle y ser víctimas de la rapiña y el atropello. Acaparan mucho más éxito que sus compadres neofascistas de Francia, una sociedad más estructurada y sólida.
Nos equivocaríamos si creyésemos que en el origen de estos fenómenos de negación de la libertad sólo se encuentran la pobreza y la indigencia mental. Eso es el contexto, el clima que favorece la eclosión del pensamiento totalitario y la acción violenta. Pero el desencadenante radica en la impotencia de las instituciones para combatir la pobreza, la corrupción de la política, la inutilidad de los liderazgos tradicionales, la insensibilidad de los poderes económicos afanados en hacerse cada vez más fuertes a costa de los cada vez más débiles. La barbarie florece allí donde la civilización fracasa para dar respuestas a la incertidumbre y enfrentar al caos con el orden.
El huevo de la serpiente madura gracias a las condiciones ambientales, pero sus genes vienen de fábrica. De la fábrica del sistema.
QUÉ es lo que hace que tengan tanto éxito los Hermanos Musulmanes en Egipto, los fundamentalistas violentos de Hamas en Palestina o los neonazis griegos? Creo que tres cosas básicas: la miseria de muchos -estructural o sobrevenida-, la corrupción de la política y de las instituciones y el valor del ejemplo.
El radicalismo fanático suele penetrar a través del estómago y de la cabeza. Mucho voto de los Hermanos Musulmanes egipcios ha salido de los estómagos agradecidos de populosos barrios marginales de los que el Estado, en sus diversas formulaciones, no se ha acordado durante décadas, cuando no siglos. Los imanes reparten aceite, arroz y mantequilla, atención sanitaria y enseñanza gratuita a millones de personas no ya desatendidas, sino olvidadas.
Los mismos votos, u otros diferentes, salen también de cerebros convenientemente cultivados por una prédica constante y muy eficaz cuyos agentes suelen ser, precisamente, los mismos que ayudan a la gente a subsistir. A la vez son honrados y austeros. Se trata de una prédica antisistema, forzosamente atractiva en sitios en los que el sistema no proporciona nada. Sitios en los que bastan ideas simples para comprender y explicar problemas complejos. Y si el cliente no queda satisfecho se le agrega la promesa de una vida mejor tras la muerte, incluso paradisíaca si esta muerte llega mediante el sacrificio propio que sirve para liquidar herejes.
El mismo mecanismo, aunque a otro nivel, ha funcionado parcialmente en Grecia a favor de Aurora Dorada, el inefable partido neonazi que engatusa a los pobres colocando a los inmigrantes como asequible chivo expiatorio y formando patrullas ciudadanas para proteger a los ancianos y desvalidos que tienen miedo a salir a una calle y ser víctimas de la rapiña y el atropello. Acaparan mucho más éxito que sus compadres neofascistas de Francia, una sociedad más estructurada y sólida.
Nos equivocaríamos si creyésemos que en el origen de estos fenómenos de negación de la libertad sólo se encuentran la pobreza y la indigencia mental. Eso es el contexto, el clima que favorece la eclosión del pensamiento totalitario y la acción violenta. Pero el desencadenante radica en la impotencia de las instituciones para combatir la pobreza, la corrupción de la política, la inutilidad de los liderazgos tradicionales, la insensibilidad de los poderes económicos afanados en hacerse cada vez más fuertes a costa de los cada vez más débiles. La barbarie florece allí donde la civilización fracasa para dar respuestas a la incertidumbre y enfrentar al caos con el orden.
El huevo de la serpiente madura gracias a las condiciones ambientales, pero sus genes vienen de fábrica. De la fábrica del sistema.
jueves, 21 de junio de 2012
EL REY EN LA FRONTERA OLVIDADA
(Rafael Sánchez Saus , el jueves 21 de Junio de 2912, publicado en el Diario de Cádiz)
LA frontera olvidada. Así llaman los historiadores de los siglos XVI a XVIII a Gibraltar y sus amplios márgenes marítimos, a ambos lados del Estrecho. Frontera olvidada, de tierras mal pobladas y costas sometidas al continuo merodeo de piratas. Nudo gordiano de todas las rutas que hacían posible un Imperio que se imaginaba universal y, sin embargo, rincón abandonado casi a su suerte, último eslabón en la infinita cadena de compromisos de una Monarquía que abarcaba más que apretaba, esclava de lo que el conde-duque de Olivares llamaba la "reputación". Luego, ya se sabe, Inglaterra se aferró al Peñón con toda la tenacidad y la firmeza que a nosotros nos falta. La llave y el mundo cambiaron de dueño. Hasta hoy.
Don Juan Carlos ha estado unas horas en Algeciras para dar aliento a quienes una y otra vez deben dar la cara para que otros puedan seguir con las manos en los bolsillos, a menudo bien repletos. La Guardia Civil es el mejor testigo de la errática, confusa y cobarde política seguida con Gibraltar en los últimos treinta años. Hoy se la obliga a medirse con la Royal Navy como ayer se la invitaba a ser complaciente, a hacer la vista gorda ante el enorme tinglado criminal que se refugia bajo el glorioso pabellón británico. No ha habido autoridad local, comarcal, autonómica o nacional que no haya especulado con las ventajas de la connivencia, que no haya intentado jugar su bastarda diplomacia. Y de ahí, hacia abajo: empresarios, traficantes, evasores de impuestos, logreros, turistillas, empleaduchos… ¿Quién puede lanzar la primera piedra? Nadie, en una sociedad, la andaluza, que convive en armonía sólo rota por eventuales desplantes con la infamia de albergar en su suelo la última colonia de Europa. Nadie, en una nación que ve las cosas de Gibraltar con más distancia e indiferencia que si sucedieran en las Malvinas, aquel problema "distinto y distante" del ínclito Calvo Sotelo, don Leopoldo, que Dios perdone.
Ha venido el Rey a Algeciras unas horas. Se agradece. No ha seguido hacia Ceuta, como hiciera su antepasado Enrique IV, hace más de 550 años, con el noble propósito de montear leones. Tampoco se ha decidido a plantarse ante los muros de Gibraltar dispuesto a todo, como el gran Alfonso XI en 1350, hasta que la Peste Negra le arrancó el propósito y la vida. Don Juan Carlos ha venido a Algeciras para hacerse una foto con el Peñón al fondo.
Bien mirado, ¿qué más da? Los problemas de Gibraltar donde hay que empezar a arreglarlos es en Madrid. Si es que alguien cree que hay algo que arreglar.
LA frontera olvidada. Así llaman los historiadores de los siglos XVI a XVIII a Gibraltar y sus amplios márgenes marítimos, a ambos lados del Estrecho. Frontera olvidada, de tierras mal pobladas y costas sometidas al continuo merodeo de piratas. Nudo gordiano de todas las rutas que hacían posible un Imperio que se imaginaba universal y, sin embargo, rincón abandonado casi a su suerte, último eslabón en la infinita cadena de compromisos de una Monarquía que abarcaba más que apretaba, esclava de lo que el conde-duque de Olivares llamaba la "reputación". Luego, ya se sabe, Inglaterra se aferró al Peñón con toda la tenacidad y la firmeza que a nosotros nos falta. La llave y el mundo cambiaron de dueño. Hasta hoy.
Don Juan Carlos ha estado unas horas en Algeciras para dar aliento a quienes una y otra vez deben dar la cara para que otros puedan seguir con las manos en los bolsillos, a menudo bien repletos. La Guardia Civil es el mejor testigo de la errática, confusa y cobarde política seguida con Gibraltar en los últimos treinta años. Hoy se la obliga a medirse con la Royal Navy como ayer se la invitaba a ser complaciente, a hacer la vista gorda ante el enorme tinglado criminal que se refugia bajo el glorioso pabellón británico. No ha habido autoridad local, comarcal, autonómica o nacional que no haya especulado con las ventajas de la connivencia, que no haya intentado jugar su bastarda diplomacia. Y de ahí, hacia abajo: empresarios, traficantes, evasores de impuestos, logreros, turistillas, empleaduchos… ¿Quién puede lanzar la primera piedra? Nadie, en una sociedad, la andaluza, que convive en armonía sólo rota por eventuales desplantes con la infamia de albergar en su suelo la última colonia de Europa. Nadie, en una nación que ve las cosas de Gibraltar con más distancia e indiferencia que si sucedieran en las Malvinas, aquel problema "distinto y distante" del ínclito Calvo Sotelo, don Leopoldo, que Dios perdone.
Ha venido el Rey a Algeciras unas horas. Se agradece. No ha seguido hacia Ceuta, como hiciera su antepasado Enrique IV, hace más de 550 años, con el noble propósito de montear leones. Tampoco se ha decidido a plantarse ante los muros de Gibraltar dispuesto a todo, como el gran Alfonso XI en 1350, hasta que la Peste Negra le arrancó el propósito y la vida. Don Juan Carlos ha venido a Algeciras para hacerse una foto con el Peñón al fondo.
Bien mirado, ¿qué más da? Los problemas de Gibraltar donde hay que empezar a arreglarlos es en Madrid. Si es que alguien cree que hay algo que arreglar.
sábado, 16 de junio de 2012
LOS AGOTES
(Editorial del programa Sin Complejos del domingo 6/5/2012. Luis del Pino)
Los agotes o cagotes constituyen un auténtico misterio histórico. Eran una minoría que habitaba en toda la costa oeste francesa, desde Bretaña hasta Burdeos, y en zonas del País Vasco y Navarra.
Los agotes carecían de cualquier derecho político o social ; tenían prohibido mezclarse con el resto de la población; se les obligaba a menudo a vivir en guetos separados, alejados del centro urbano; no podían entrar en las iglesias por la puerta principal, sino por una puerta lateral, y durante los oficios religiosos se los mantenía separados de los restantes fieles mediante una valla. En muchos lugares, los agotes tenían prohibido ejercer cualquier profesión que no fuera la de carpintero o cordelero, y estaban obligados a vestir ropas especiales o a llevar colgada una pata de ganso o de pato, para identificarlos como agotes.
Los agotes o cagotes constituyen un auténtico misterio histórico. Eran una minoría que habitaba en toda la costa oeste francesa, desde Bretaña hasta Burdeos, y en zonas del País Vasco y Navarra.
Los agotes carecían de cualquier derecho político o social ; tenían prohibido mezclarse con el resto de la población; se les obligaba a menudo a vivir en guetos separados, alejados del centro urbano; no podían entrar en las iglesias por la puerta principal, sino por una puerta lateral, y durante los oficios religiosos se los mantenía separados de los restantes fieles mediante una valla. En muchos lugares, los agotes tenían prohibido ejercer cualquier profesión que no fuera la de carpintero o cordelero, y estaban obligados a vestir ropas especiales o a llevar colgada una pata de ganso o de pato, para identificarlos como agotes.
En general, el contacto con los agotes se consideraba indeseable. En las iglesias, se usaba una pila de agua bendita separada para los agotes. En misa, el sacerdote les daba la comunión sosteniendo la Sagrada Forma con una cuchara, para no tocar su boca. En muchos pueblos, los agotes tenían prohibido caminar descalzos por la calle o beber de la misma copa que alguien que no fuera agote. Por supuesto, los matrimonios entre agotes y no agotes eran impensables. Al morir, los agotes eran enterrados en cementerios separados o en secciones separadas del cementerio.
En muchos sentidos, los agotes eran el equivalente, en la costa del Golfo de Vizcaya, a los parias de la India.
¿Y qué era lo que diferenciaba a los agotes del resto de la población, querrán saber ustedes? Pues la respuesta es: nada de nada. No tenían ni la más mínima diferencia con sus vecinos; ¡por eso constituyen un misterio histórico! Étnicamente, no eran distintos del resto de la población; su idioma era el mismo que el de los otros habitantes de la zona donde vivían y su religión era la de todo el mundo.
Compartían raza, religión y lengua con el resto de la población. Entonces... ¿cómo podía saberse quién era agote y quién no lo era? Pues muy sencillo: según la familia a la que pertenecieras. En muchos pueblos franceses, a los niños se les hacía memorizar poesías con los apellidos de las familias de agotes, para que supieran desde pequeños quiénes eran los vecinos malditos.
Ya desde el siglo XVI, las autoridades eclesiásticas y políticas intentaron remediar la situación de los agotes. El Papa León X publicó una bula en 1514 ordenando que fueran tratados como cualquier otro creyente; diez años después, Carlos V ordenó también que cesara en su reino cualquier discriminación contra los agotes. Pero la población y el clero locales hicieron caso omiso de esas órdenes en muchos lugares de Francia y de Navarra, continuando la discriminación de esa minoría.
En 1709, el navarro Juan de Goyeneche, que fue tesorero de Isabel de Farnesio, fundó en Madrid el pueblo de Nuevo Baztán, trayéndose a numerosos agotes navarros, en lo que se cree que fue un intento de liberarlos de la discriminación que sufrían. En Francia, esa discriminación contra los agotes sólo finalizaría con la Revolución Francesa.
La historia de los agotes resulta curiosa por lo que tiene de misterio y porque plantea claramente que, en cualquier sociedad, las costumbres absurdas pueden pervivir durante siglos y más siglos, sin que nadie sepa citar una sola razón lógica para que pervivan. La marginación de los agotes era una costumbre que nadie sabía explicar, pero que todo el mundo aplicaba a rajatabla.
Viene todo esto a cuento de que la crisis económica ha desatado en España un debate que hace solo un par de años hubiera sido impensable: el del necesario desmantelamiento del estado autonómico.
Desde hace tres décadas y media, los españoles estamos presos en una situación absolutamente delirante e inexplicable, en la que se nos fríe a impuestos para mantener a los nacionalistas, en la que se nos multa por rotular un establecimiento en nuestro propio idioma, en la que se nos niega el derecho a enseñar en español a nuestros hijos, en la que se nos obliga a convivir con una banda ultranacionalista que nos asesina selectiva o indiscriminadamente, en la que tenemos que aguantar insultos y desplantes continuos, en la que se nos impide expresar nuestro orgullo nacional, en la que se queman y menosprecian nuestros símbolos...
Como si fuéramos agotes, los españoles somos apestados dentro de nuestro propio país, privados de derechos de los que, sin embargo, los nacionalistas gozan.
Con una diferencia: los agotes eran una minoría, mientras que en España es la minoría la que nos impone a los demás la discriminación.
Y lo gracioso es que, como en el caso de los agotes, nadie sería capaz de citar ninguna razón lógica para que tengamos que aguantar semejante trato. No hay ningún argumento racional que justifique que el 92% de los españoles tengamos que dejarnos humillar y arruinar con el fin de contentar a ese 8% de nacionalistas que, de todos modos, jamás van a darse por satisfechos. No hay ningún argumento racional que justifique que tengamos que soportar que nos prohíban usar nuestro propio idioma en nuestro propio país. No hay ningún argumento racional que dicte que tengamos que avergonzarnos por ser españoles.
Como los agotes, aguantamos la vulneración de nuestros derechos por simple inercia, porque así se lleva haciendo treinta y cinco años.
Así que, puesto que se trata de simple inercia, ¿qué tal si detenemos el rumbo suicida del vehículo autonómico y empezamos a vivir con normalidad nuestra vida?
¿Qué tal si esa inmensa mayoría que somos los españoles nos empezamos a sacudir el yugo de la discriminación y ponemos en su sitio a quienes nos discriminan y a quienes consienten esa diferencia de trato?
Yo es que, personalmente, estoy harto de vivir como un agote sin que haya un buen motivo para ello. ¿Y ustedes?
lunes, 11 de junio de 2012
MANIAS DE GRANDEZA
(Ignacio Martinez, publicado en el Diario de Cádiz el lunes 11de Junio de 2012)
EL rescate de la banca española, decidido por el grupo de países del euro el sábado, supone el definitivo aterrizaje de España en la realidad. Ha tenido aspiraciones de gran potencia y el que su banca sea rescatada como las de Irlanda, Grecia y Portugal la devuelve al furgón de cola del club del euro. Ya cuando entró en la Comunidad Europea en los años 80 se le dio a elegir entre ser un país grande en número de votos en el Consejo de Ministros o en número de comisarios. Los cuatro grandes tenían entonces diez votos en el Consejo y dos comisarios. Y España no fue el quinto grande, sino un intermedio destacado, que optó por quedarse con ocho votos en el Consejo y tener dos comisarios como Alemania, Francia, Reino Unido e Italia.
Con ese complejo ha estado siempre dentro de la UE. Un país subsidiado, porque su PIB per cápita estaba por debajo de la media comunitaria. Esa espina clavada en el orgullo nacional se puso de manifiesto en un espectacular arranque del curso del presidente Zapatero el 11 de septiembre de 2007 ante el grupo parlamentario socialista del Congreso, cuando ya había estallado la crisis bancaria en Estados Unidos.
Su declaración no tiene desperdicio: "Exceptuando el crecimiento de China, España supera a todas las principales potencias mundiales. En los últimos cuatro años el PIB nacional ha crecido el doble que el alemán, el triple que el italiano, un 50% más que el del Reino Unido y un 25% por encima del de Estados Unidos. Se han creado más empleos que en Alemania, Francia y el Reino Unido juntos. España juega la Champions League de la economía mundial; es el equipo que más goles mete y el menos goleado. Este país está más preparado que nunca ante una posible recesión, por la fortaleza de su economía, el dinamismo de la inversión, la solvencia de las empresas, la eficiencia de su sistema financiero y la acumulación de disponibilidades de las familias".
No dio una. Las familias y las empresas debían en torno a tres billones de euros, el crecimiento del PIB y el empleo los aportaba un sector inmobiliario especulador y el sistema financiero tenía un grave problema de solvencia. Lógicamente, Zapatero tardó meses en admitir que teníamos una crisis extraordinaria. Como ahora Rajoy tardará en familiarizarse con la palabra rescate.
El presidente intentó ayer hacerse perdonar su clamorosa incomparecencia del sábado, con una rueda de prensa peculiar. Se atrevió a decir que nadie le ha presionado, que ha sido él quien ha presionado. Sonó como la frase de Woody Allen en una película, en la que explicaba en ganador cómo le habían dado una paliza: golpeé con mi ojo en su puño y con mi boca en su rodilla. El orgullo nacional sigue a flor de piel. Lo que hay que hacer es trabajar, emprender, ahorrar, investigar… y admitir que somos un peso medio. Las manías de grandeza, ya sean las de Aznar o las de Zapatero, no nos han traído nada bueno.
EL rescate de la banca española, decidido por el grupo de países del euro el sábado, supone el definitivo aterrizaje de España en la realidad. Ha tenido aspiraciones de gran potencia y el que su banca sea rescatada como las de Irlanda, Grecia y Portugal la devuelve al furgón de cola del club del euro. Ya cuando entró en la Comunidad Europea en los años 80 se le dio a elegir entre ser un país grande en número de votos en el Consejo de Ministros o en número de comisarios. Los cuatro grandes tenían entonces diez votos en el Consejo y dos comisarios. Y España no fue el quinto grande, sino un intermedio destacado, que optó por quedarse con ocho votos en el Consejo y tener dos comisarios como Alemania, Francia, Reino Unido e Italia.
Con ese complejo ha estado siempre dentro de la UE. Un país subsidiado, porque su PIB per cápita estaba por debajo de la media comunitaria. Esa espina clavada en el orgullo nacional se puso de manifiesto en un espectacular arranque del curso del presidente Zapatero el 11 de septiembre de 2007 ante el grupo parlamentario socialista del Congreso, cuando ya había estallado la crisis bancaria en Estados Unidos.
Su declaración no tiene desperdicio: "Exceptuando el crecimiento de China, España supera a todas las principales potencias mundiales. En los últimos cuatro años el PIB nacional ha crecido el doble que el alemán, el triple que el italiano, un 50% más que el del Reino Unido y un 25% por encima del de Estados Unidos. Se han creado más empleos que en Alemania, Francia y el Reino Unido juntos. España juega la Champions League de la economía mundial; es el equipo que más goles mete y el menos goleado. Este país está más preparado que nunca ante una posible recesión, por la fortaleza de su economía, el dinamismo de la inversión, la solvencia de las empresas, la eficiencia de su sistema financiero y la acumulación de disponibilidades de las familias".
No dio una. Las familias y las empresas debían en torno a tres billones de euros, el crecimiento del PIB y el empleo los aportaba un sector inmobiliario especulador y el sistema financiero tenía un grave problema de solvencia. Lógicamente, Zapatero tardó meses en admitir que teníamos una crisis extraordinaria. Como ahora Rajoy tardará en familiarizarse con la palabra rescate.
El presidente intentó ayer hacerse perdonar su clamorosa incomparecencia del sábado, con una rueda de prensa peculiar. Se atrevió a decir que nadie le ha presionado, que ha sido él quien ha presionado. Sonó como la frase de Woody Allen en una película, en la que explicaba en ganador cómo le habían dado una paliza: golpeé con mi ojo en su puño y con mi boca en su rodilla. El orgullo nacional sigue a flor de piel. Lo que hay que hacer es trabajar, emprender, ahorrar, investigar… y admitir que somos un peso medio. Las manías de grandeza, ya sean las de Aznar o las de Zapatero, no nos han traído nada bueno.
viernes, 8 de junio de 2012
DINERO PUBLICO
(Pilar Cernuda en el Diario de Cádiz el 7 de Junio de 2012)
EN España se tira con pólvora del rey. No se debe generalizar, pero la alegría con la que se ha utilizado el dinero público está directamente relacionada con la situación que sufrimos ahora, y si encontramos escasas simpatías en los países que podrían echarnos una mano es porque mientras ellos hicieron las cuentas antes de tomar determinadas decisiones, aquí hemos actuado con una alegría económica impropia de un país que piensa en el futuro.
Tenemos la red de alta velocidad con más kilómetros de Europa y el triple de aeropuertos que Alemania, un país que nos dobla en número de habitantes; no hay pueblo de pocos miles de habitantes sin polideportivo con piscina olímpica, el número de museos dedicados a personas que apenas son conocidas más allá de su provincia es disparatado, los organismos ligados a administraciones autonómicas y municipales multiplican por diez las que existen en los países de nuestro entorno, y el dispendio en almuerzos, cenas, cócteles, viajes y festejos a menudo rozan -o han rozado- lo obsceno, por exagerado y desbordante.
El presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo está obligado a explicar cómo gastaba sus dineros y con quién, independientemente de que pueda haber ajuste de cuentas interno en el seno del Consejo. Es inadmisible que Carlos Dívar se niegue a dar explicaciones y demuestre así que le importa poco el daño que hace a la institución que representa. Pero también es inadmisible que Chaves y Griñán se nieguen a dar cuenta de sus actos, porque las informaciones sobre los ERE hieden, por no hablar del despilfarro producido durante sus mandatos. Y poner en cuestión los informes de la juez Alaya o el realizado por la Guardia Civil es impropio de quienes han ostentado o todavía ostentan importantes responsabilidades de gobierno.
El PSOE incurriría en una hipocresía de libro pretendiendo que Dívar comparezca ante el Congreso y negando al mismo tiempo una comisión parlamentaria sobre los ERE andaluces. Esta periodista no cree en las comisiones parlamentarias de investigación, absolutamente instrumentalizadas por los partidos, pero si se piden explicaciones a un personaje público, hay que pedirlas a todos, no vale amparar a los que pertenecen al partido. Y si no se cree en las investigaciones políticas, pues se debe acudir a los tribunales.
No está España para amparar actuaciones poco ejemplares de nadie, y mucho menos de personajes de gran relevancia pública. No está tampoco para mantener la línea anterior de derroche a manos llenas y de gastos injustificados; ni tampoco se puede volver a la situación de decir sí a cualquier proyecto gigantesco sin hacer un estudio previo de las consecuencias de dedicarle tantos fondos, que impiden que se pongan en marcha iniciativas que quizá son de primera necesidad
EN España se tira con pólvora del rey. No se debe generalizar, pero la alegría con la que se ha utilizado el dinero público está directamente relacionada con la situación que sufrimos ahora, y si encontramos escasas simpatías en los países que podrían echarnos una mano es porque mientras ellos hicieron las cuentas antes de tomar determinadas decisiones, aquí hemos actuado con una alegría económica impropia de un país que piensa en el futuro.
Tenemos la red de alta velocidad con más kilómetros de Europa y el triple de aeropuertos que Alemania, un país que nos dobla en número de habitantes; no hay pueblo de pocos miles de habitantes sin polideportivo con piscina olímpica, el número de museos dedicados a personas que apenas son conocidas más allá de su provincia es disparatado, los organismos ligados a administraciones autonómicas y municipales multiplican por diez las que existen en los países de nuestro entorno, y el dispendio en almuerzos, cenas, cócteles, viajes y festejos a menudo rozan -o han rozado- lo obsceno, por exagerado y desbordante.
El presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo está obligado a explicar cómo gastaba sus dineros y con quién, independientemente de que pueda haber ajuste de cuentas interno en el seno del Consejo. Es inadmisible que Carlos Dívar se niegue a dar explicaciones y demuestre así que le importa poco el daño que hace a la institución que representa. Pero también es inadmisible que Chaves y Griñán se nieguen a dar cuenta de sus actos, porque las informaciones sobre los ERE hieden, por no hablar del despilfarro producido durante sus mandatos. Y poner en cuestión los informes de la juez Alaya o el realizado por la Guardia Civil es impropio de quienes han ostentado o todavía ostentan importantes responsabilidades de gobierno.
El PSOE incurriría en una hipocresía de libro pretendiendo que Dívar comparezca ante el Congreso y negando al mismo tiempo una comisión parlamentaria sobre los ERE andaluces. Esta periodista no cree en las comisiones parlamentarias de investigación, absolutamente instrumentalizadas por los partidos, pero si se piden explicaciones a un personaje público, hay que pedirlas a todos, no vale amparar a los que pertenecen al partido. Y si no se cree en las investigaciones políticas, pues se debe acudir a los tribunales.
No está España para amparar actuaciones poco ejemplares de nadie, y mucho menos de personajes de gran relevancia pública. No está tampoco para mantener la línea anterior de derroche a manos llenas y de gastos injustificados; ni tampoco se puede volver a la situación de decir sí a cualquier proyecto gigantesco sin hacer un estudio previo de las consecuencias de dedicarle tantos fondos, que impiden que se pongan en marcha iniciativas que quizá son de primera necesidad
lunes, 4 de junio de 2012
ABORTO FALLIDO
26 Mayo 12 - - Cristina L.
Schlichting
Que aborte o
intente abortar una mujer, no es noticia. Que falle el aborto, tampoco, porque
todo lo humano es falible. Que una paciente demande a su médico está a la orden
del día y que un juez condene al galeno, ni les cuento. Pero que la manutención
de un niño se pague con la indemnización por no haberlo eliminado, me parece
una contradicción. Mi mente no da para tanto. Ha ocurrido con una joven de
nombre Tamara, cuya demanda ha sido atendida por el juzgado de primera
instancia de Palma, que ha condenado a su médico a pagarle 420.000 euros por un
aborto fallido.
La joven acudió hace dos años a la clínica y la eliminación del
feto por aspiración se realizó incorrectamente. Cuando, meses después, comprobó
que estaba embarazada, pensó que se trataba de una segunda preñez y acudió de
nuevo a abortar. Entonces supo que se encontraba de 22 semanas del primer
embarazo y, por lo tanto, fuera del plazo legal admitido. Así pues, se vio
obligada a aceptar al crío y demandó.
La sentencia contempla la reparación por
«daños morales y los gastos de alimentación, vestimenta, sanidad, educación,
manutención y formación del niño hasta los 25 años de edad». Todo ha discurrido
tal y como prevé la ley. El intento de aborto, la prohibición fuera de
determinado plazo, la denuncia por negligencia sanitaria y la sentencia según
lo que ordena el texto legal. Y, sin embargo, todo chirría. ¿Cómo se puede
sentenciar una indemnización por una vida conservada? ¿Cómo se educa a un niño
que se alimenta del dinero de su propia eliminación fallida? ¿Se imaginan a los
supervivientes de Auschwitz cobrando una cantidad por el fallo de la empresa
encargada del zyklon B?
El caso y la sentencia ponen, cuando menos, de relieve
en qué medida pretender equiparar el aborto con una operación de apendicitis es
engañoso. Con el aborto no se corrige una enfermedad, se elimina una
existencia. De ahí que un fallo en la «operación» no sea una baja laboral del
paciente, una discapacidad o una muerte… sino una persona viva. El juez se ha
visto en la obligación de tasar los daños y perjuicios, no de una malformación
o un deceso ¡sino de una existencia! Nadie, sin embargo, podrá arreglar ni
apoyar la psique de un chaval que crecerá con la noticia de haber sobrevivido a
su propio holocausto. Todo apostó por su muerte: la ley, la clínica, el médico,
su madre. Y ha sido una negligencia, una falta de responsabilidad, una mala
praxis, un error en definitiva, lo que ha permitido que viviese, contra la
voluntad del sistema entero. Nadie quería que ese niño naciese.
Todos
lamentaron que el embarazo prosperase ¿Alguien calculará alguna vez lo que esta
circunstancia puede pesar, lo que podría valer la indemnización necesaria para
compensar a este crío de esta terrible sociedad que hemos construido entre
todos y que le tenía reservado tan sólo un puesto en un cubo de basura?
sábado, 2 de junio de 2012
EL I.B.I. DE LA IGLESIA CATÓLICA
(José Joaquín Castellón en el Diario de Cádiz el sábado 2 de Junio de 2012)
YO tengo la firme convicción de que los intereses de la Iglesia no los debemos defender los que, empleando toda nuestra vida a su servicio, recibimos una remuneración económica a cambio. Creo que no es sensato que ni sacerdotes, religiosas, religiosos ni obispos defendamos, ante la opinión pública, los intereses económicos de la Iglesia. No quedaría clara la distinción entre la defensa de los propios intereses personales y el velar por los medios necesarios para la tarea de la evangelización. Son los laicos cristianos los que, valorando el interés general, pueden y deben, si así lo ven, defender los legítimos intereses de la Iglesia como una institución más de nuestra sociedad. Por eso, esta pequeña reflexión no va encaminada a opinar si la Iglesia católica debe pagar el IBI, ni de qué inmuebles; simplemente quiere aportar un poco de claridad ante este debate público.
No me voy a detener mucho en señalar el evidente interés de mercadotecnia electoral de la propuesta del PSOE. Aunque sí creo que hay que pensar los motivos de que haya una base tan significativa de nuestra sociedad con una sensibilidad tan hostil a la Iglesia, tan tarda a reconocer su aportación a la construcción de nuestra sociedad y tan pronta a apalearla ante situaciones ambiguas o abiertamente negativas que en ella se dan, como en cualquier otra institución -¿estaremos haciendo algo mal?-. Las mociones en los ayuntamientos no tendrán efectividad alguna porque se oponen a una ley de rango superior. Pero, como ministro del Evangelio, no me preocupa la viabilidad legal de la propuesta, ni siquiera su oportunismo, ni tampoco de la ausencia del más mínimo pudor democrático de quien la hace, sino si es justa o no.
En un clásico de la Ética de nuestro tiempo, Teoría de la Justicia, John Rawls hace un análisis interesante y muy acertado de las condiciones que han de tener las decisiones políticas y económicas para ser consideradas justas. Su reflexión es de inspiración kantiana, por tanto no de orientación religiosa sino secular, y con una evidente sensibilidad hacia los problemas de injusticia y desigualdad social. Quizás su experiencia en la II Guerra Mundial, donde presenció las secuelas de la bomba de Hiroshima, orientó la sensibilidad filosófica que desplegó en la universidad de Harvard.
Rawls tiene como punto de partida de su propuesta ética la radical imparcialidad que exige la justicia. El punto de vista de ningún grupo social ha de privilegiarse sobre los demás. Propone que la elección justa ha de tratar a todos los ciudadanos y grupos sociales por igual, sin contemplar ninguna de sus diferencias por el lugar social que ocupan, habilidades o dotes naturales, concepción del bien o sentido de la vida, sin contemplar, tampoco, su religión. En una sociedad justa todos hemos de ser iguales. Esta imparcialidad radical puede dejar en desprotección a los más débiles; por ello la perfila apuntando que la igualdad ha de abarcar la satisfacción en todos sus miembros de los bienes primarios (alimentación, vivienda, educación, cultura, posibilidad de realización personal, etc.). Además este principio de la igualdad, según Rawls, necesita un complemento: el principio de la diferencia. Según nuestro autor, son asumibles algunas diferencias en el trato a personas o instituciones sólo "si esas diferencias benefician a los menos aventajados y es compatible con el justo ahorro".
Por tanto, desde esta perspectiva, la cuestión no es si hay instituciones sobre las que puede haber un trato diferente a los demás miembros de la sociedad, sino si esa diferencia beneficia al conjunto social y, en especial, a los más favorecidos. La aplicación de este segundo principio de la justicia claramente invita a sacar de la exención del IBI a más de uno de los organismos que se benefician de ella. ¿También a la Iglesia? Como les decía, no voy a ser yo quien opine sobre esta cuestión. Valoren ustedes si la labor de la Iglesia católica puede merecer esa diferencia y si es compatible con el justo ahorro. Sopesen los sueldos de los "altos directivos" eclesiales y de sus "consejeros de administración", compárenlos con los de los otros agentes sociales; tengan en cuenta cuántos edificios históricos siguen en pie gracias a que unas monjitas los habitan y los conservan; y la capacidad de transmitir valores humanos y trascendentes de la institución eclesial. Valoren la labor y la vida del conjunto de los religiosos y religiosas que conocen.
Hacia dentro en la Iglesia, también hemos de preguntarnos si estamos usando debidamente la diferencia con que se trata a nuestra institución. Si no habremos caído, en algún momento, en falta de racionalidad económica o en gastos suntuarios, que en nada benefician a los más desfavorecidos. Si ciertamente estamos trabajando ejemplarmente por promocionar en el hombre su dignidad de hijo de Dios, o si nuestra jornada laboral es más corta que larga. Nada puede estar más en contra de la evangelización que el que caigamos en la tentación de defender nuestros intereses institucionales y no el bien común. Si se tiene con nosotros alguna diferencia hemos de asumirlo no como un privilegio, sino como una gran responsabilidad. Porque nadie, en una sociedad democrática, tiene derecho a privilegios.
YO tengo la firme convicción de que los intereses de la Iglesia no los debemos defender los que, empleando toda nuestra vida a su servicio, recibimos una remuneración económica a cambio. Creo que no es sensato que ni sacerdotes, religiosas, religiosos ni obispos defendamos, ante la opinión pública, los intereses económicos de la Iglesia. No quedaría clara la distinción entre la defensa de los propios intereses personales y el velar por los medios necesarios para la tarea de la evangelización. Son los laicos cristianos los que, valorando el interés general, pueden y deben, si así lo ven, defender los legítimos intereses de la Iglesia como una institución más de nuestra sociedad. Por eso, esta pequeña reflexión no va encaminada a opinar si la Iglesia católica debe pagar el IBI, ni de qué inmuebles; simplemente quiere aportar un poco de claridad ante este debate público.
No me voy a detener mucho en señalar el evidente interés de mercadotecnia electoral de la propuesta del PSOE. Aunque sí creo que hay que pensar los motivos de que haya una base tan significativa de nuestra sociedad con una sensibilidad tan hostil a la Iglesia, tan tarda a reconocer su aportación a la construcción de nuestra sociedad y tan pronta a apalearla ante situaciones ambiguas o abiertamente negativas que en ella se dan, como en cualquier otra institución -¿estaremos haciendo algo mal?-. Las mociones en los ayuntamientos no tendrán efectividad alguna porque se oponen a una ley de rango superior. Pero, como ministro del Evangelio, no me preocupa la viabilidad legal de la propuesta, ni siquiera su oportunismo, ni tampoco de la ausencia del más mínimo pudor democrático de quien la hace, sino si es justa o no.
En un clásico de la Ética de nuestro tiempo, Teoría de la Justicia, John Rawls hace un análisis interesante y muy acertado de las condiciones que han de tener las decisiones políticas y económicas para ser consideradas justas. Su reflexión es de inspiración kantiana, por tanto no de orientación religiosa sino secular, y con una evidente sensibilidad hacia los problemas de injusticia y desigualdad social. Quizás su experiencia en la II Guerra Mundial, donde presenció las secuelas de la bomba de Hiroshima, orientó la sensibilidad filosófica que desplegó en la universidad de Harvard.
Rawls tiene como punto de partida de su propuesta ética la radical imparcialidad que exige la justicia. El punto de vista de ningún grupo social ha de privilegiarse sobre los demás. Propone que la elección justa ha de tratar a todos los ciudadanos y grupos sociales por igual, sin contemplar ninguna de sus diferencias por el lugar social que ocupan, habilidades o dotes naturales, concepción del bien o sentido de la vida, sin contemplar, tampoco, su religión. En una sociedad justa todos hemos de ser iguales. Esta imparcialidad radical puede dejar en desprotección a los más débiles; por ello la perfila apuntando que la igualdad ha de abarcar la satisfacción en todos sus miembros de los bienes primarios (alimentación, vivienda, educación, cultura, posibilidad de realización personal, etc.). Además este principio de la igualdad, según Rawls, necesita un complemento: el principio de la diferencia. Según nuestro autor, son asumibles algunas diferencias en el trato a personas o instituciones sólo "si esas diferencias benefician a los menos aventajados y es compatible con el justo ahorro".
Por tanto, desde esta perspectiva, la cuestión no es si hay instituciones sobre las que puede haber un trato diferente a los demás miembros de la sociedad, sino si esa diferencia beneficia al conjunto social y, en especial, a los más favorecidos. La aplicación de este segundo principio de la justicia claramente invita a sacar de la exención del IBI a más de uno de los organismos que se benefician de ella. ¿También a la Iglesia? Como les decía, no voy a ser yo quien opine sobre esta cuestión. Valoren ustedes si la labor de la Iglesia católica puede merecer esa diferencia y si es compatible con el justo ahorro. Sopesen los sueldos de los "altos directivos" eclesiales y de sus "consejeros de administración", compárenlos con los de los otros agentes sociales; tengan en cuenta cuántos edificios históricos siguen en pie gracias a que unas monjitas los habitan y los conservan; y la capacidad de transmitir valores humanos y trascendentes de la institución eclesial. Valoren la labor y la vida del conjunto de los religiosos y religiosas que conocen.
Hacia dentro en la Iglesia, también hemos de preguntarnos si estamos usando debidamente la diferencia con que se trata a nuestra institución. Si no habremos caído, en algún momento, en falta de racionalidad económica o en gastos suntuarios, que en nada benefician a los más desfavorecidos. Si ciertamente estamos trabajando ejemplarmente por promocionar en el hombre su dignidad de hijo de Dios, o si nuestra jornada laboral es más corta que larga. Nada puede estar más en contra de la evangelización que el que caigamos en la tentación de defender nuestros intereses institucionales y no el bien común. Si se tiene con nosotros alguna diferencia hemos de asumirlo no como un privilegio, sino como una gran responsabilidad. Porque nadie, en una sociedad democrática, tiene derecho a privilegios.
miércoles, 30 de mayo de 2012
LAICISMO DE TEMPORADA
(José Aguilar en el Diario de Cádiz, el 30 de Mayo de 2012)
PERDÍ la cuenta del número de veces que el segundo Gobierno de Zapatero filtró a su periódico favorito el borrador, anteproyecto o proyecto de una nueva Ley de Libertad Religiosa que iba a asegurar la aconfesionalidad del Estado y la igualdad jurídica entre las confesiones religiosas. Fuéronse del poder los socialistas, y no hubo nada.
Durante los ocho años de Zapatero y los catorce de Felipe podía el PSOE haber hecho honor a su laicismo de boquilla impulsando esa ley de separación de la Iglesia (las iglesias) y el Estado y denunciando el Concordato con la Santa Sede de 1979 que no refleja el espíritu constitucional de aquellas fechas. Nada hicieron. Es ahora cuando pretenden que la Iglesia católica, gran propietaria, pague la contribución urbana por sus inmuebles (IBI) y van a presentar mociones en todos los ayuntamientos para que se pronuncien al respecto. Y que sea el PP, con su mayoría absoluta en el Congreso, el que lo rechace, como ya ha anunciado Rajoy.
Para que nadie se llame a engaño: estoy a favor de que la Iglesia católica abone el IBI por sus inmuebles que no son templos y de que las exenciones que pueda, y deba, haber sean las mismas para todas las organizaciones sin ánimo de lucro, religiosas o no. Ahora bien, me molesta este laicismo sobrevenido, como de temporada, que lucen los socialistas cuando ya no está en sus manos llevarlo a la práctica. ¡Esos ímpetus, en el poder!, que es la forma cursi de recordar el reproche del padre de Manolo Caracol a la locomotora que se deslizaba triunfante, con efluvios de vapor, sólo al terminar el trayecto, ya en Sevilla, después de renquear en el tramo más complicado ("¡Esos cojones, en Despeñaperros!").
Lo mismo le habrán dicho a Rubalcaba Cayo Lara o Gaspar Llamazares, porque dos veces presentó IU durante este siglo iniciativas parlamentarias exactamente encaminadas a ese objetivo, que la Iglesia sufra el IBI como todo hijo de vecino dueño de inmueble, y las dos se la rechazó el PSOE mayoritario y gobernante. Claro que si pasamos del clero a la milicia la historia se repite: Zapatero fue capaz de compatibilizar la retirada de las tropas en Iraq, sus proclamas en favor de la paz en el mundo y la alianza de las civilizaciones con el auge de la industria armamentística nacional. Durante sus dos mandatos las exportaciones de armas españolas aumentaron considerablemente. Qué digo aumentaron: se multiplicaron por seis. Y se trata de un sector en cuyo desarrollo y comercialización intervienen muchísimo los gobiernos.
Hasta que el PSOE no vuelva al poder y haga de verdad lo que ahora propone vía ayuntamientos, seguiremos pensando que su laicismo es una pose comecuras, testimonial y oportunista.
PERDÍ la cuenta del número de veces que el segundo Gobierno de Zapatero filtró a su periódico favorito el borrador, anteproyecto o proyecto de una nueva Ley de Libertad Religiosa que iba a asegurar la aconfesionalidad del Estado y la igualdad jurídica entre las confesiones religiosas. Fuéronse del poder los socialistas, y no hubo nada.
Durante los ocho años de Zapatero y los catorce de Felipe podía el PSOE haber hecho honor a su laicismo de boquilla impulsando esa ley de separación de la Iglesia (las iglesias) y el Estado y denunciando el Concordato con la Santa Sede de 1979 que no refleja el espíritu constitucional de aquellas fechas. Nada hicieron. Es ahora cuando pretenden que la Iglesia católica, gran propietaria, pague la contribución urbana por sus inmuebles (IBI) y van a presentar mociones en todos los ayuntamientos para que se pronuncien al respecto. Y que sea el PP, con su mayoría absoluta en el Congreso, el que lo rechace, como ya ha anunciado Rajoy.
Para que nadie se llame a engaño: estoy a favor de que la Iglesia católica abone el IBI por sus inmuebles que no son templos y de que las exenciones que pueda, y deba, haber sean las mismas para todas las organizaciones sin ánimo de lucro, religiosas o no. Ahora bien, me molesta este laicismo sobrevenido, como de temporada, que lucen los socialistas cuando ya no está en sus manos llevarlo a la práctica. ¡Esos ímpetus, en el poder!, que es la forma cursi de recordar el reproche del padre de Manolo Caracol a la locomotora que se deslizaba triunfante, con efluvios de vapor, sólo al terminar el trayecto, ya en Sevilla, después de renquear en el tramo más complicado ("¡Esos cojones, en Despeñaperros!").
Lo mismo le habrán dicho a Rubalcaba Cayo Lara o Gaspar Llamazares, porque dos veces presentó IU durante este siglo iniciativas parlamentarias exactamente encaminadas a ese objetivo, que la Iglesia sufra el IBI como todo hijo de vecino dueño de inmueble, y las dos se la rechazó el PSOE mayoritario y gobernante. Claro que si pasamos del clero a la milicia la historia se repite: Zapatero fue capaz de compatibilizar la retirada de las tropas en Iraq, sus proclamas en favor de la paz en el mundo y la alianza de las civilizaciones con el auge de la industria armamentística nacional. Durante sus dos mandatos las exportaciones de armas españolas aumentaron considerablemente. Qué digo aumentaron: se multiplicaron por seis. Y se trata de un sector en cuyo desarrollo y comercialización intervienen muchísimo los gobiernos.
Hasta que el PSOE no vuelva al poder y haga de verdad lo que ahora propone vía ayuntamientos, seguiremos pensando que su laicismo es una pose comecuras, testimonial y oportunista.
lunes, 28 de mayo de 2012
CONCIENCIA Y POLITICA
(Manuel Bustos, publicado en el Diario de Cádiz el 28 de Mayo de 2012)
LA preocupación por lo público forma parte de lo humano. Ya lo decían los clásicos: algunos tienen que dedicarse a lo que es de todos, para que cada uno pueda hacerlo con aquello que le es propio. Noble contribución la del político.
Sin embargo, lo "demasiado humano" ha acompañado de continuo la política desde que el mundo es mundo. Uno repasa esa maestra de la vida llamada Historia, y siempre encontramos lo mismo: decisiones de gobierno más o menos acertadas y, acompañándolas, prevaricaciones, injusticias, enriquecimiento personal, prepotencia, demagogia... Unas veces con más intensidad, otras con menos, habitualmente ha sido así.
La conclusión parece obvia: da lo mismo quién esté; todos hacen igual. Además de injusta, tan extendida opinión resulta cómoda y no compromete, por eso es tan frecuente escucharla. Por supuesto, más entre la gente con menos preparación y compromiso público. Propicia el inmovilismo y la permanencia de la corrupción. El reconocimiento del mal no exime de combatirlo dentro y fuera de uno mismo. De lo contrario, sería como decir: me sustraigo de curarme una enfermedad porque sé que me moriré tarde o temprano.
Confieso que la política partidista nos provoca con frecuencia la náusea. Los medios no debieran dedicarle tanto tiempo y espacio a las declaraciones y combates dialécticos de los políticos. En España somos muy dados a prestarles más atención de la debida. A darle vueltas a un comentario o una palabra sin mayor trascendencia de un hombre público. No son sino dardos arrojadizos pensados malévolamente para erosionar al adversario. Lo único que se consigue acogiéndolos es mostrar la cara deplorable de la política, contribuyendo con ello a la pérdida de interés por ella y a su desprestigio.
Pueden llegar, incluso, a producir cierto pesimismo antropológico, al convencernos de la inmensidad de la estupidez humana. Se trata de palabras que se lleva el viento, efecto de coyunturas pasajeras, dichas para decir lo que consideran obligado. En general, quienes las expresan no se plantean buscar la verdad, sino descalificar al contrario. Causar un efecto mediático -con la complicidad de los periodistas-, sin que interese lo más mínimo el comprenderle y menos empatizar con él o ponerse en su situación.
Forma parte de la estrategia partidista. Y en esa perversa pirueta dialéctica resulta difícil que el ciudadano vea la necesidad y la grandeza que tiene la función política. Sus propios agentes son los encargados de echar por tierra la importancia de su labor. Cuanto más hombre de partido se es, sin una formación moral o humanística compensadora, más frases hechas y consignas, sin objetividad alguna, suelen prodigarse.
Peor aún es el efecto que esta perversión produce en los mismos políticos. Termina por anegar su propia conciencia, al convertir la falsedad en su propia verdad. Se acostumbran a mentir, a no discernir sobre la moralidad de sus palabras y acciones. O terminan creyendo, de no ejercitarla, que la conciencia no existe, que es una invención de los moralistas, hombres alejados de la realidad, cuando ciertamente son ellos quienes llegan a confundir su ficción con la verdad. En lugar de buscar el bien de sus conciudadanos, terminan confundiéndolo con los remedos de su ideología o sus estrategias para ganar votos. Forma parte -suelen consolarse- del juego político de la democracia. Al prescindir de la verdad tienen que negarla (aunque no lo hagan abiertamente), desvinculándola de sus afanes y alimentando así una sólida base de relativismo moral, que terminan instituyendo erróneamente como fundamento de la democracia. Ellos se consideran a sí mismos como pragmáticos y realistas.
Afortunadamente, no todos los políticos caen en esa tentación. Cada uno de nosotros guardamos en la memoria nombres de quienes no siguieron esta vía. O, al menos, lucharon y luchan por no disociar conciencia y política. Pero, para desgracia del común, no son éstos quienes habitualmente marcan la pauta en los partidos. Tampoco quienes más suenan en los medios. Suelen estar en puestos secundarios o poco relevantes. O no se dedican a la política nacional. Han de hacer un enorme esfuerzo por mantenerse y fecundar con su ejemplo el partido. Se empeñan con frecuencia en casar las decisiones tomadas en él con su conciencia, y esperan la llegada de tiempos mejores para que sus puntos de vista florezcan. Las afrontan a veces como un mal menor. Y sufren o terminan yéndose por la puerta de atrás, con las orejas gachas.
Una política sin conciencia termina cobrándose un fuerte tributo. Se vuelve contra quienes la practican y daña la imagen de una tarea noble y necesaria, arrastrando al conjunto. La gente ve en ella un postizo, una carga que, innecesariamente, debe soportar la mayoría, en beneficio de unos pocos. Se desinteresa de la política.
LA preocupación por lo público forma parte de lo humano. Ya lo decían los clásicos: algunos tienen que dedicarse a lo que es de todos, para que cada uno pueda hacerlo con aquello que le es propio. Noble contribución la del político.
Sin embargo, lo "demasiado humano" ha acompañado de continuo la política desde que el mundo es mundo. Uno repasa esa maestra de la vida llamada Historia, y siempre encontramos lo mismo: decisiones de gobierno más o menos acertadas y, acompañándolas, prevaricaciones, injusticias, enriquecimiento personal, prepotencia, demagogia... Unas veces con más intensidad, otras con menos, habitualmente ha sido así.
La conclusión parece obvia: da lo mismo quién esté; todos hacen igual. Además de injusta, tan extendida opinión resulta cómoda y no compromete, por eso es tan frecuente escucharla. Por supuesto, más entre la gente con menos preparación y compromiso público. Propicia el inmovilismo y la permanencia de la corrupción. El reconocimiento del mal no exime de combatirlo dentro y fuera de uno mismo. De lo contrario, sería como decir: me sustraigo de curarme una enfermedad porque sé que me moriré tarde o temprano.
Confieso que la política partidista nos provoca con frecuencia la náusea. Los medios no debieran dedicarle tanto tiempo y espacio a las declaraciones y combates dialécticos de los políticos. En España somos muy dados a prestarles más atención de la debida. A darle vueltas a un comentario o una palabra sin mayor trascendencia de un hombre público. No son sino dardos arrojadizos pensados malévolamente para erosionar al adversario. Lo único que se consigue acogiéndolos es mostrar la cara deplorable de la política, contribuyendo con ello a la pérdida de interés por ella y a su desprestigio.
Pueden llegar, incluso, a producir cierto pesimismo antropológico, al convencernos de la inmensidad de la estupidez humana. Se trata de palabras que se lleva el viento, efecto de coyunturas pasajeras, dichas para decir lo que consideran obligado. En general, quienes las expresan no se plantean buscar la verdad, sino descalificar al contrario. Causar un efecto mediático -con la complicidad de los periodistas-, sin que interese lo más mínimo el comprenderle y menos empatizar con él o ponerse en su situación.
Forma parte de la estrategia partidista. Y en esa perversa pirueta dialéctica resulta difícil que el ciudadano vea la necesidad y la grandeza que tiene la función política. Sus propios agentes son los encargados de echar por tierra la importancia de su labor. Cuanto más hombre de partido se es, sin una formación moral o humanística compensadora, más frases hechas y consignas, sin objetividad alguna, suelen prodigarse.
Peor aún es el efecto que esta perversión produce en los mismos políticos. Termina por anegar su propia conciencia, al convertir la falsedad en su propia verdad. Se acostumbran a mentir, a no discernir sobre la moralidad de sus palabras y acciones. O terminan creyendo, de no ejercitarla, que la conciencia no existe, que es una invención de los moralistas, hombres alejados de la realidad, cuando ciertamente son ellos quienes llegan a confundir su ficción con la verdad. En lugar de buscar el bien de sus conciudadanos, terminan confundiéndolo con los remedos de su ideología o sus estrategias para ganar votos. Forma parte -suelen consolarse- del juego político de la democracia. Al prescindir de la verdad tienen que negarla (aunque no lo hagan abiertamente), desvinculándola de sus afanes y alimentando así una sólida base de relativismo moral, que terminan instituyendo erróneamente como fundamento de la democracia. Ellos se consideran a sí mismos como pragmáticos y realistas.
Afortunadamente, no todos los políticos caen en esa tentación. Cada uno de nosotros guardamos en la memoria nombres de quienes no siguieron esta vía. O, al menos, lucharon y luchan por no disociar conciencia y política. Pero, para desgracia del común, no son éstos quienes habitualmente marcan la pauta en los partidos. Tampoco quienes más suenan en los medios. Suelen estar en puestos secundarios o poco relevantes. O no se dedican a la política nacional. Han de hacer un enorme esfuerzo por mantenerse y fecundar con su ejemplo el partido. Se empeñan con frecuencia en casar las decisiones tomadas en él con su conciencia, y esperan la llegada de tiempos mejores para que sus puntos de vista florezcan. Las afrontan a veces como un mal menor. Y sufren o terminan yéndose por la puerta de atrás, con las orejas gachas.
Una política sin conciencia termina cobrándose un fuerte tributo. Se vuelve contra quienes la practican y daña la imagen de una tarea noble y necesaria, arrastrando al conjunto. La gente ve en ella un postizo, una carga que, innecesariamente, debe soportar la mayoría, en beneficio de unos pocos. Se desinteresa de la política.
domingo, 27 de mayo de 2012
TOCA DESAPRENDER
(Rafael Padilla, publicado en el Diario de Cádiz el 27 de Mayo de 2012)
LO habrán leído en estos días. José Chamizo, Defensor del Pueblo Andaluz, ha alertado de la aparición de un nuevo tipo de menor maltratador de sus padres: junto a quienes lo hacen por alguna adicción, por trastornos de conducta o por haber llegado a ser violentos como resultado de una educación permisiva, aumenta el número de los que así castigan a sus progenitores por no proporcionarles lujos y caprichos de los que hasta ahora venían disfrutando.
El perfil del nuevo maltratador, señala Chamizo, es el de un niño que siempre recibió cuanto quiso, que, perteneciendo a las clases medias o altas, creció en esa absurda carrera consumista por poseer lo último de las marcas sagradas. Hoy la crisis ha colocado a esta generación acunada en la abundancia ante la cruda realidad de una escasez inaceptable para ella. Y, lejos de saber adaptarse a las circunstancias, muchos no encuentran otra respuesta que la de herir y humillar a quienes les acostumbraron a la opulencia.
El fenómeno no debería asombrarnos. Llevamos décadas maleducando a nuestros críos en dos direcciones manifiestamente erróneas. De una parte, creímos poder suplir nuestra compañía (estábamos demasiado ocupados en ganar dinero) sepultándolos en montones de trastos, como si lo importante fuese dar y no darse. Hemos abdicado del oficio de ser padres, delegándolo estúpidamente en instancias perversas. Éstas -la televisión o internet, por ejemplo- les prometían una felicidad comprada, tan engañosa como momentánea, que, ya inalcanzable, les ha dejado solos, con un profundo sentimiento de orfandad transformado por algunos en rabia contra los que perciben como responsables de su súbito vacío. De otra, hemos olvidado, porque nos acomodaba, el valor inestimable de la palabra no, piedra angular de cualquier entrenamiento válido para los azares del mañana. Aplaudidos por las teorías pseudos-pedagógicas que pronosticaban traumas y males sin cuento, hemos acabado dejándoles sin armas frente a la frustración, sin posibilidad eficaz de encarar las desventuras de la vida.
Tampoco es que estos "neomaltratadores" hayan inventado nada. No encuentro demasiada diferencia entre su reacción y la que revela una sociedad obcecada en mantener privilegios insostenibles. Algo tan sencillo de asumir como que no podemos gastar más de lo que ingresamos resulta complejísimo para muchos ciudadanos que, ilusoriamente instalados en el ayer, con la misma inconsciencia y tozudez y semejante ira, siguen exigiendo del Estado cuanto quedó, por desgracia, fuera de nuestro alcance.
Toca, pues, que todos desaprendamos. Otorgar a las cosas su valor cabal; abandonar nostalgias yermas; ganar con esfuerzo nuestra propia supervivencia; comprender, y pronto, que hay paraísos que no volverán. Un lección que jóvenes y mayores tenemos que asimilar con rapidez.
LO habrán leído en estos días. José Chamizo, Defensor del Pueblo Andaluz, ha alertado de la aparición de un nuevo tipo de menor maltratador de sus padres: junto a quienes lo hacen por alguna adicción, por trastornos de conducta o por haber llegado a ser violentos como resultado de una educación permisiva, aumenta el número de los que así castigan a sus progenitores por no proporcionarles lujos y caprichos de los que hasta ahora venían disfrutando.
El perfil del nuevo maltratador, señala Chamizo, es el de un niño que siempre recibió cuanto quiso, que, perteneciendo a las clases medias o altas, creció en esa absurda carrera consumista por poseer lo último de las marcas sagradas. Hoy la crisis ha colocado a esta generación acunada en la abundancia ante la cruda realidad de una escasez inaceptable para ella. Y, lejos de saber adaptarse a las circunstancias, muchos no encuentran otra respuesta que la de herir y humillar a quienes les acostumbraron a la opulencia.
El fenómeno no debería asombrarnos. Llevamos décadas maleducando a nuestros críos en dos direcciones manifiestamente erróneas. De una parte, creímos poder suplir nuestra compañía (estábamos demasiado ocupados en ganar dinero) sepultándolos en montones de trastos, como si lo importante fuese dar y no darse. Hemos abdicado del oficio de ser padres, delegándolo estúpidamente en instancias perversas. Éstas -la televisión o internet, por ejemplo- les prometían una felicidad comprada, tan engañosa como momentánea, que, ya inalcanzable, les ha dejado solos, con un profundo sentimiento de orfandad transformado por algunos en rabia contra los que perciben como responsables de su súbito vacío. De otra, hemos olvidado, porque nos acomodaba, el valor inestimable de la palabra no, piedra angular de cualquier entrenamiento válido para los azares del mañana. Aplaudidos por las teorías pseudos-pedagógicas que pronosticaban traumas y males sin cuento, hemos acabado dejándoles sin armas frente a la frustración, sin posibilidad eficaz de encarar las desventuras de la vida.
Tampoco es que estos "neomaltratadores" hayan inventado nada. No encuentro demasiada diferencia entre su reacción y la que revela una sociedad obcecada en mantener privilegios insostenibles. Algo tan sencillo de asumir como que no podemos gastar más de lo que ingresamos resulta complejísimo para muchos ciudadanos que, ilusoriamente instalados en el ayer, con la misma inconsciencia y tozudez y semejante ira, siguen exigiendo del Estado cuanto quedó, por desgracia, fuera de nuestro alcance.
Toca, pues, que todos desaprendamos. Otorgar a las cosas su valor cabal; abandonar nostalgias yermas; ganar con esfuerzo nuestra propia supervivencia; comprender, y pronto, que hay paraísos que no volverán. Un lección que jóvenes y mayores tenemos que asimilar con rapidez.
sábado, 26 de mayo de 2012
ESTAFA UNIVERSITARIA
(Publicado en el blog "Crónicas Barbaras" del periodista Manuel Molares)
Muchas más personas que los 6.101 habitantes de Almadén, localidad minera de Ciudad Real, se manifestaran esta semana contra el posible cierre de la universidad local, que forma ingenieros de minas y titula en tres especialidades técnicas más.
Durante dos siglos y medio Almadén produjo un tercio del mercurio mundial, aunque las minas están cerradas desde 2000 por la prohibición internacional de utilizar ese metal líquido en instrumentos como los termómetros.
Pero sigue produciendo universitarios sin mucho futuro, como los alrededor de dos centenares de campus españoles, muchos inútiles, pertenecientes a las actuales 74 universidades, una y media por provincia.
Con sus 47 millones de habitantes España tiene 1,6 millones de universitarios, el mayor porcentaje de Europa, y la mitad que China, con sus 1.400 millones de habitantes.
La mayoría de las universidades españolas son públicas e ineficientes, con endogamia de catedráticos y profesores que no investigan.
Y con elevados presupuestos en los que los contribuyentes invertimos muchos miles de euros por alumno, para carreras sin salida ----12.000 estudiantes de Periodismo, carne de paro--, y para que más de un treinta por ciento de universitarios abandone sus carreras.
Hay una universidad pública, la Internacional de Andalucía, con 5.200 alumnos y 2.400 profesores, tasa de 2,17 alumnos/profesor.
La mayor universidad presencial española, la Complutense, tiene 85.000 alumnos y 13,7 alumnos por profesor.
Para 2012 la Complutense dispone de 536,6 millones de euros, que suponen 6.275 euros por alumno/ curso, y 31.375 euros una carrera de cinco años, si se aprueba todo a la primera: eso es lo que los contribuyentes pagamos, o nos pagaron por estudiar.
Y si no estudiamos es lógico que quien paga se niegue a seguir tirando sus impuestos, que le suponen tres meses de trabajo cada año.
Pero los 74 rectores, con sus enormes coches oficiales blindados, sus dietas y gastos de representación de millonarios y servicio de grandes gerifaltes, cuando no deberían ser más de una docena, quieren mantener todo igual y seguir gastando nuestros impuestos sin planificación estratégica, lo que es una estafa.
domingo, 20 de mayo de 2012
NO ES DE RECIBO
(Rafael Padilla en Diario de Cádiz, el 20 de mayo de 2012)
ANTES morir que torcer la voluntad. El país literalmente se desmorona, gritan todas las alarmas, la angustia se adueña de corazones y calles, y ellos, malditos sean, continúan a lo suyo. ¿Qué más tiene que pasar para que al fin reparen en que, de esta coyuntura pavorosa, o salimos juntos o no salimos? El ciudadano está harto de sus razones mezquinas, de sus peleas de comadre, de tanta cerrazón sectaria en las mismas puertas del infierno. Los dos grandes partidos españoles -lo de grandes lo digo sólo por el tamaño- siguen instalados en la ruptura total, insensibles al clamor de cuantos les reclamamos una señal de esperanza y toneladas de generosidad. Empieza a calar la idea, triste como pocas, de que el mayor obstáculo para superar la crisis es justamente su compartida incapacidad para alcanzar consensos imprescindibles en momentos tan extremadamente difíciles.
No lo impide, ni tan siquiera, que aparenten defender fórmulas radicalmente distintas. El reestreno de Griñán es idéntico, o casi, al debut de Rajoy en La Moncloa. No queda otra, ellos lo saben, y, sin embargo, se empeñan en fingir terapias discrepantes. La puerta del laberinto es angosta y única, pero se aleja estúpidamente por el afán de escenificar broncas supuestamente rentables.
No es de recibo que, en mitad de la madre de todas las tormentas, el presidente del Gobierno y el líder de la oposición prácticamente ni se miren. La relación entre ellos, más allá de faroles de tahúr, es voluntariamente inexistente. El barco se va a pique y los depositarios mayoritarios de nuestra confianza se comportan como adolescentes descerebrados. Oiga, enciérrense donde les convenga, hablen por Dios hasta la afonía, hagan honor a su responsabilidad y diseñen una estrategia de supervivencia. Si no, pudiera ser de risa, patética claro, que uno acabara ahogándose por popa, el otro por proa y todos, tan sorprendidos como indignados, por donde a cada cual le coja.
Acabo de leer un estudio de la consultora PWC en el que numerosos expertos destacan esto mismo: sin un pacto de Estado, afirman, no hay futuro; aunque, por supuesto, casi ninguno lo cree factible en las actuales circunstancias. Yo ahondo en la gravedad: la situación es tan diabólicamente compleja que acaso ni con ese pacto tendríamos garantizado el éxito. Pero lo que desde luego resultaría de traca es que ni se intentara, que prevalecieran los intereses políticos y los adornos ideológicos sobre la inminencia letal de la catástrofe.
El pueblo, al cabo, no se lo merece. Si hemos de sucumbir, hagámoslo dignamente, sin escatimar un solo esfuerzo, agotando todas las vías, posibles y hasta imposibles, de escape. Porque, si de renuncias va el puñetero baile, mal entenderíamos que la primera no consistiera en el abandono del credo caduco y de la ceguera egoísta de estos dos soberbios, tozudos, cada día más menguantes, padres presuntos de la patria.
ANTES morir que torcer la voluntad. El país literalmente se desmorona, gritan todas las alarmas, la angustia se adueña de corazones y calles, y ellos, malditos sean, continúan a lo suyo. ¿Qué más tiene que pasar para que al fin reparen en que, de esta coyuntura pavorosa, o salimos juntos o no salimos? El ciudadano está harto de sus razones mezquinas, de sus peleas de comadre, de tanta cerrazón sectaria en las mismas puertas del infierno. Los dos grandes partidos españoles -lo de grandes lo digo sólo por el tamaño- siguen instalados en la ruptura total, insensibles al clamor de cuantos les reclamamos una señal de esperanza y toneladas de generosidad. Empieza a calar la idea, triste como pocas, de que el mayor obstáculo para superar la crisis es justamente su compartida incapacidad para alcanzar consensos imprescindibles en momentos tan extremadamente difíciles.
No lo impide, ni tan siquiera, que aparenten defender fórmulas radicalmente distintas. El reestreno de Griñán es idéntico, o casi, al debut de Rajoy en La Moncloa. No queda otra, ellos lo saben, y, sin embargo, se empeñan en fingir terapias discrepantes. La puerta del laberinto es angosta y única, pero se aleja estúpidamente por el afán de escenificar broncas supuestamente rentables.
No es de recibo que, en mitad de la madre de todas las tormentas, el presidente del Gobierno y el líder de la oposición prácticamente ni se miren. La relación entre ellos, más allá de faroles de tahúr, es voluntariamente inexistente. El barco se va a pique y los depositarios mayoritarios de nuestra confianza se comportan como adolescentes descerebrados. Oiga, enciérrense donde les convenga, hablen por Dios hasta la afonía, hagan honor a su responsabilidad y diseñen una estrategia de supervivencia. Si no, pudiera ser de risa, patética claro, que uno acabara ahogándose por popa, el otro por proa y todos, tan sorprendidos como indignados, por donde a cada cual le coja.
Acabo de leer un estudio de la consultora PWC en el que numerosos expertos destacan esto mismo: sin un pacto de Estado, afirman, no hay futuro; aunque, por supuesto, casi ninguno lo cree factible en las actuales circunstancias. Yo ahondo en la gravedad: la situación es tan diabólicamente compleja que acaso ni con ese pacto tendríamos garantizado el éxito. Pero lo que desde luego resultaría de traca es que ni se intentara, que prevalecieran los intereses políticos y los adornos ideológicos sobre la inminencia letal de la catástrofe.
El pueblo, al cabo, no se lo merece. Si hemos de sucumbir, hagámoslo dignamente, sin escatimar un solo esfuerzo, agotando todas las vías, posibles y hasta imposibles, de escape. Porque, si de renuncias va el puñetero baile, mal entenderíamos que la primera no consistiera en el abandono del credo caduco y de la ceguera egoísta de estos dos soberbios, tozudos, cada día más menguantes, padres presuntos de la patria.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Adios
Por Antonio Porras Nadales
Diaro de Sevilla
DEBO confesarte, cuando se acerca el momento de la despedida, que en realidad más que el dolor por tu marcha lo que siento es una especie de rabia contenida: rabia porque no hayamos podido ofrecerte un futuro adecuado aquí, en la tierra donde has nacido. Porque todos sabemos perfectamente que tú y tus compañeros sois, sin ninguna duda, la mejor generación que nunca hemos tenido en Andalucía: la más culta y preparada; la única que ha sabido superar esa tradicional incapacidad y apatía que aquí hemos tenido siempre por los idiomas, e incluso por el manejo de las tecnologías. Sabemos que vuestras brillantes licenciaturas y máster han sido el justo fruto de vuestro sudor y vuestro esfuerzo; que habéis sabido sortear los riesgos de las drogas y del botellón, enfrentaros al sopor colectivo de la apatía y el pasotismo, y hacer de vuestros méritos el más brillante currículo de toda una generación de jóvenes decididos y voluntariosos.
Sí, ya sé que aunque te vayas muy lejos siempre tendremos circuitos de comunicación instantánea, que esto ya no es la dolorosa emigración de los años sesenta, la de "vente a Alemania, Pepe", que ya no vais con la maleta de cartón atada con una cuerda y la boina bien encasquetada. Ya sé que ahora buscáis un futuro competitivo que se ubica en cualquier lugar del planeta y que vosotros seréis en realidad los auténticos dueños del mundo. Pero, qué quieres, no tendré más remedio que hacer un esfuerzo para contenerme las lágrimas en el momento de darte el abrazo de despedida; y me quedaré algo triste de saber que tu vida va a desenvolverse lejos de la tierra donde vivieron tus abuelos y tus antepasados.
Ahora comprendo lo poco que sirve presumir de lo nuestro, engolfarse en la aburrida cantinela de la belleza de nuestros paisajes, la dulzura de nuestro clima y de nuestros vinos, o el encanto de nuestras fiestas y monumentos; de todo eso que causa la admiración de tantos turistas y extranjeros. Porque de qué sirve al final presumir de una tierra que es incapaz de ofrecerle un futuro adecuado a la mejor de sus generaciones. Puede que este sea también un buen momento para hacer un breve balance de lo conseguido en las últimas décadas: para comprobar a dónde fueron finalmente tantas políticas de desarrollo, tantos acuerdos de concertación y empleo, tantos proyectos de sucesivas modernizaciones, tanto fomento de la innovación y apoyo al espíritu emprenditorial, tantos proyectos financiados con fondos europeos. Este parece ser al final el auténtico resultado colectivo de la mejor Andalucía que hemos tenido en varios siglos. Y es que, en el fondo, creo que en realidad lo correcto sería que fuérais vosotros, lo miembros de la mejor generación mejor preparada, los que pasárais a ocupar ahora los puestos de dirección y de liderazgo en nuestra comunidad: la mejor garantía para la más auténtica y definitiva de nuestras modernizaciones. Pero el único camino que la realidad parece ofreceros ahora es el de la emigración.
Puede ser también -lo confieso- que todo esto no sea más que el fruto de mi propia incapacidad y negligencia personal, o sea, que tenía que haberme metido hace tiempo en los circuitos del poder y de la política, donde se colocan los enchufados y los recomendados; pero, ya ves, la verdad es que no lo he conseguido. También podríamos haberte encontrado alguna salida mediocre, más o menos llevadera: de promotor inmobiliario o de agente de seguros; de tratante de ganado o vendedor de pompas de jabón. Pero supongo que no es eso lo que tú esperabas.
La decisión de vuestra generación de avanzar hacia un futuro constructivo en cualquier lugar del mundo constituye en realidad un esfuerzo valiente del que nosotros mismos deberíamos sentirnos orgullosos. Al fin y al cabo, sois la primera y auténtica generación cosmopolita que hemos tenido; y por eso vuestra aportación al crisol del mundo globalizado será, con toda seguridad, una fuerza constructiva, como una hermosa semilla destinada a crecer en otra tierra que no esté tan reseca como la nuestra.
Con todo, cuando se acerca el momento del adiós, sólo quisiera transmitirte un deseo de ánimo y coraje, el mismo que tuvieron otros en parecidas circunstancias. Si colectivamente no hemos sabido prever el modo de incorporaros constructivamente a nuestra sociedad, sólo espero que al menos hayamos sabido daros una preparación suficiente, una formación adecuada para el universo tan complejo de este vuestro siglo; aunque tengáis que demostrarla fuera de nuestras fronteras.
Esperando que sepas comprender toda nuestra frustración y amargura, y que sepas perdonarnos también por todos nuestros posibles fallos, te digo adiós, hijo mío, adiós.
Diaro de Sevilla
DEBO confesarte, cuando se acerca el momento de la despedida, que en realidad más que el dolor por tu marcha lo que siento es una especie de rabia contenida: rabia porque no hayamos podido ofrecerte un futuro adecuado aquí, en la tierra donde has nacido. Porque todos sabemos perfectamente que tú y tus compañeros sois, sin ninguna duda, la mejor generación que nunca hemos tenido en Andalucía: la más culta y preparada; la única que ha sabido superar esa tradicional incapacidad y apatía que aquí hemos tenido siempre por los idiomas, e incluso por el manejo de las tecnologías. Sabemos que vuestras brillantes licenciaturas y máster han sido el justo fruto de vuestro sudor y vuestro esfuerzo; que habéis sabido sortear los riesgos de las drogas y del botellón, enfrentaros al sopor colectivo de la apatía y el pasotismo, y hacer de vuestros méritos el más brillante currículo de toda una generación de jóvenes decididos y voluntariosos.
Sí, ya sé que aunque te vayas muy lejos siempre tendremos circuitos de comunicación instantánea, que esto ya no es la dolorosa emigración de los años sesenta, la de "vente a Alemania, Pepe", que ya no vais con la maleta de cartón atada con una cuerda y la boina bien encasquetada. Ya sé que ahora buscáis un futuro competitivo que se ubica en cualquier lugar del planeta y que vosotros seréis en realidad los auténticos dueños del mundo. Pero, qué quieres, no tendré más remedio que hacer un esfuerzo para contenerme las lágrimas en el momento de darte el abrazo de despedida; y me quedaré algo triste de saber que tu vida va a desenvolverse lejos de la tierra donde vivieron tus abuelos y tus antepasados.
Ahora comprendo lo poco que sirve presumir de lo nuestro, engolfarse en la aburrida cantinela de la belleza de nuestros paisajes, la dulzura de nuestro clima y de nuestros vinos, o el encanto de nuestras fiestas y monumentos; de todo eso que causa la admiración de tantos turistas y extranjeros. Porque de qué sirve al final presumir de una tierra que es incapaz de ofrecerle un futuro adecuado a la mejor de sus generaciones. Puede que este sea también un buen momento para hacer un breve balance de lo conseguido en las últimas décadas: para comprobar a dónde fueron finalmente tantas políticas de desarrollo, tantos acuerdos de concertación y empleo, tantos proyectos de sucesivas modernizaciones, tanto fomento de la innovación y apoyo al espíritu emprenditorial, tantos proyectos financiados con fondos europeos. Este parece ser al final el auténtico resultado colectivo de la mejor Andalucía que hemos tenido en varios siglos. Y es que, en el fondo, creo que en realidad lo correcto sería que fuérais vosotros, lo miembros de la mejor generación mejor preparada, los que pasárais a ocupar ahora los puestos de dirección y de liderazgo en nuestra comunidad: la mejor garantía para la más auténtica y definitiva de nuestras modernizaciones. Pero el único camino que la realidad parece ofreceros ahora es el de la emigración.
Puede ser también -lo confieso- que todo esto no sea más que el fruto de mi propia incapacidad y negligencia personal, o sea, que tenía que haberme metido hace tiempo en los circuitos del poder y de la política, donde se colocan los enchufados y los recomendados; pero, ya ves, la verdad es que no lo he conseguido. También podríamos haberte encontrado alguna salida mediocre, más o menos llevadera: de promotor inmobiliario o de agente de seguros; de tratante de ganado o vendedor de pompas de jabón. Pero supongo que no es eso lo que tú esperabas.
La decisión de vuestra generación de avanzar hacia un futuro constructivo en cualquier lugar del mundo constituye en realidad un esfuerzo valiente del que nosotros mismos deberíamos sentirnos orgullosos. Al fin y al cabo, sois la primera y auténtica generación cosmopolita que hemos tenido; y por eso vuestra aportación al crisol del mundo globalizado será, con toda seguridad, una fuerza constructiva, como una hermosa semilla destinada a crecer en otra tierra que no esté tan reseca como la nuestra.
Con todo, cuando se acerca el momento del adiós, sólo quisiera transmitirte un deseo de ánimo y coraje, el mismo que tuvieron otros en parecidas circunstancias. Si colectivamente no hemos sabido prever el modo de incorporaros constructivamente a nuestra sociedad, sólo espero que al menos hayamos sabido daros una preparación suficiente, una formación adecuada para el universo tan complejo de este vuestro siglo; aunque tengáis que demostrarla fuera de nuestras fronteras.
Esperando que sepas comprender toda nuestra frustración y amargura, y que sepas perdonarnos también por todos nuestros posibles fallos, te digo adiós, hijo mío, adiós.
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